viernes, 2 de septiembre de 2011

El Instinto Prohibido



En medio de la noche se podía observar su figura solitaria, retozando sobre la reja gris de su casa.  Nada ni nadie la podía despertar de esos sueños  efímeros bajo el frío del manto nocturno.
El humo de su primer cigarrillo del día se enredaba como un hilo invisible que enlazaba sus ideas e ilusiones,  ideas que en poco tiempo se transformaban en simples recuerdos de un mundo inexistente. Joe Monroe un hombre sin moral, ni metas, ni vicios, ni nada. ¿Cómo podía ser tan distante y a la vez tener amigos por montón?
Verán, Joe, era un chico inteligente, que sabía cómo se manejaba la gente y el mundo en el cual vivía. Dentro de poco tiempo logró hacerse conocer, más que amistades, él las llamaba “alianzas” y conocía perfectamente su utilidad. Media población lo saludaba al pasar pero sólo con la mano eran las personas que lo conocían algo más allá de esa máscara que tanto trabajo le daba para hallar su lugar en esa intrincada sociedad en donde estaba obligado a desarrollarse.
Pese a su perfil alto y actitud supuestamente fiestera y despreocupada; era alguien inteligente y astuto,  tanto que a veces daba miedo pensar qué se le cruzaba por la mente. Nadie podría imaginarse el tipo de persona que era, que deseos tenía ocultos de la luz y salían en las mismas sombras donde eran engendrados.
En la calle se presenta una segunda sombra, él la conocía mejor que nadie, que cualquier cosa. Va y lo saluda muy formal, estaban en la calle no podía confiarse del lúgubre aspecto natural. Alguien podría verlos, el hombre que más odiaba y el hombre que más amaba, así los describiría la gente si supiera lo que pasaba detrás de su distancia y diferencias. Y ese era su secreto mejor guardado.
Anthony se llamaba, su cabello rubio se destacaba entre las luces de la calle y sus ojos grises se perdían en la tristeza que invocan al verle detenidamente. Él complementaba a Joe.
 Ambos compartían un pasado y una transformación que iba más allá de lo que se puede escribir, de lo físico y lo ordinario. Ellos se conocían hacía años, sabían quiénes era y qué querían, aunque el mundo siempre les complicó su pasaje por el mismo, jamás se rindieron ante las dificultades y verlos allí, nuevamente desafiando a lo establecido, nuevamente encontrándose entre los murmullos y el silencio era admirable en desde cierto punto de vista.
Joe aún creía en la subsistencia de ese estilo de vida, ese era su mayor error, siempre pensando por su cuenta olvidando los sentimientos ajenos, como si su realidad fuera ajena de aquellas personas que eran parte de sí mismo. Fue de esta forma que la vida cómoda y predecible comenzó a salírsele del  control que tan acostumbrado estaba a poseer y su carácter lo hizo notar.
Anthony, Anthy, como la mayoría lo conocía era alguien que hacía unos años no fue más que el 9 del millón. No tenía muchos amigos pero igual era algo bastante alejado, nadie podría nunca llegar a su verdadero yo, ese que aún soñaba con ser un niño y volver a as épocas sencillas;  podría decirse que era muy melancólico en el fondo.
Ambos compartieron una infancia muy complicada para uno de ellos por sus padres tan peculiares, mejor dicho por sus madres. Exacto, Anthy había sido criado por dos mujeres a las cuales siempre amó con gran devoción, fue este quien recibió insultos y más de una pelea por defender ese sentimiento y estilo de vida que eran normales para él. Para su suerte no estuvo solo.
Fue de esa relación de protección y en parte dependencia que el rubio se fue sintiendo cada vez más propio de su amigo y su amigo cada vez más dueño de él. El día en que se correspondieron sin vergüenza entre ellos fue mucho después del primer beso de ambos, aún así siempre fueron ellos su primer beso.
Anthy fue un niño muy tranquilo pero emocional, con sus dos madres aprendió lo que era el cariño; Joe en cambio era brusco y a veces violento para expresar lo que sentía, pues su padre sólo le enseñó la parte práctica de la vida y olvidó los sentimientos.
Nadie conocía esa “amistad”, o quizás, había alguien para cubrirlos y darse espacio aún sin poder nunca ser capaz de enfrentarlos. Ambos la utilizaron y ella se dejó usar, más bien utilizar, sabía bien que en la ciudad y bajo las reglas que vivían sería mejor que los protegiera de ellos mismos y de esa forma podrían seguir juntos. Con una relación falsa, pero juntos.
Ella, se llamaba Carol, y era el punto del triángulo. La mejor amiga de Anthy y cómplice incondicionalmente de Joe. Siempre iba a jugar con Anthy por las tardes porque sus padres trabajaban. En ese entonces ella ignoraba la situación del rubio y sólo se preocupaba por sus muñecas y que no le rompieran sus juguetes. Fue en una de esas tardes que conoció al tan nombrado Joe, del cual su amigo se desvivía por alabar ante su actitud tan valiente y extrovertida.
Su primera impresión al verlo fue la de asombro. Su porte tan altiva, sus ojos tan atrevidos y esa sonrisa ambigua entre pervertido y méndigo. Quedó perdida en su persona, fue la primera vez que no le importó nada más que ver, conocer y estar con ese chico. Tan idiotizada quedó ante su presencia que se olvido del rubio y entonces no se percató en muchos años de la actitud cariñosa que se tenía.
En el presente Carol estaba entre los dos mundos de sus amigos, dividida entre el placer carnal y la comprensión emocional. No podía juntarlos, no podía estar con ambos, sólo era una sombra de ella misma en frente de las dos personalidades que la rodeaban. Anthy y Joe separados, separaban a su vez a Carol.
Y allí estaban los dos mundos, viéndose firmemente mientras uno invitaba al otro a su departamento.
A esa hora, hora muerta le decían, porque sólo las ánimas o los búhos estaban despiertos y conscientes de lo ocurría en aquellos pasillos lúgubres y fríos de la noche. En un momento al rubio le atacó un fuerte sentimiento de ansiedad y miedo, pero no estaba muy seguro de si era por el lugar en que estaba o por lo que sucedería. Joe le dedicó una mirada cómplice y entonces le tomó la mano por unos segundos para hacerlo pasar a su casa. Las cortinas corridas, una que otra prenda por el piso, el indiscutible olor a perfume 212 que siempre lo caracterizaba al pelirrojo.
Se sentaron en el sillón y sin aviso alguno Joe “atacó” a su amigo, se lanzó a su pecho y comenzó a besarlo de forma desesperada. El rubio al principio se sintió algo sensible ante ese contacto pero luego supo corresponder con la misma pasión. Podía sentir la respiración de él sobre su rostro y eso lo tranquilizó. Las luces se apagan, se sienten ruidos y un golpe, un grito…nada.



A la mañana siguiente Anthy se paseaba por la calle mientras intentaba parecer erguido, sentía mucho dolor pero jamás lo admitiría, en parte porque ignoraba el dolor con su mente, tan obstinada en dejar pasar todo.
Llegó a su departamento y verificó que su compañera aún estuviera dormida. Claro, era pequeña en su comparación y de sueño pesado para su fortuna. Él se fue a su cuarto y se desvistió con lentitud, al costado de su pecho tenía un gran moretón que lo hacía retorcerse de dolor al apenas rosarlo con sus dedos. Se curó con lo que encontró y luego se colocó unas vendas para no lastimarse al acostarse. Se tapó con las sábanas mientras intentaba calmarse un poco para poder conciliar el sueño, sólo le quedaban tres horas para descansar.
Stacy  se levantó y se fue a cambiar con una cara de dormida total, se le cayeron los cepillos y el peine al suelo. Una vez que se terminó de vestir fue a la cocina y puso la tetera para poder desayunar con Anthy, pero para su sorpresa éste aún no había despertado.
Fue al cuarto con su mejor cara de traviesa, se había dispuesto a molestarlo y darle una feliz mañana. Se acercó casi sin hacer ruido y entonces se tiró en la cama a su lado y lo abrazó mientras le decía en tono alto:


— ¡¡Arriba Anthy!! —le revolvía el cabello con entusiasmo cuando de pronto siente que Anthy se estaba quejando por lo bajo y aún con los ojos cerrados se notaban que algo le pasaba— ¿Anthy pasa algo? ¿Te hice mal?


Ella lo miraba preocupada y le da espacio mientras lo ve levantarse y tomarse el costado del cuerpo para apoyarse en él y apenas dar un profundo suspiro.


— Nada sólo un golpe que me di ayer y aún me duele, tranquila estoy bien. —le dedicó una sonrisa a media y se levantó— Ya déjame vestirme.


La joven no dijo nada y sólo se fue, últimamente más que torpe parecía sumamente torpe para darse tales golpes solo, pero tampoco había razón para que nadie le pegara y mucho menos que Anthy se dejara golpear por nadie. Eso pensaba Stay, cuando al asomarse por la puerta notó la gravedad del moretón y fue a la heladera por un saché de esos que el rubio guardaba para sus medicinas y sin permiso ni nada entró y abrazándolo le colocó con cuidado el saché frío; esperaba porque la retara pero no fue así. Él se dejó atender de esa forma y rodeó sus brazos con los de ella. Bajó la cabeza y respiró con profundidad. Después de un rato se recostó y sintió el tono preocupante que no quería despertar en su amiga.


— ¿Cómo te golpeaste?


— Nada sólo un descuido, en serio, no es nada. Ya no me duele. —se le acerca y le besa 
la frente con cuidado, luego se pone la remera y busca su mochila— Debo irme o llegaré tarde, yo cocino hoy, nos vemos Stay.


La chica se queda sola en la habitación azul, ¿por qué se sentía tan mal? ¿Por qué tenía ese sentimiento de impotencia? Como si fuera su culpa, siempre pensaba eso, cuando en realidad ella era quien lo salvaba la mayor parte del tiempo. Si ella no viviera con él, seguramente no sólo serían unos golpes las consecuencias de sus salidas clandestinas al barrio de los gatos.
El rubio aún se estremecía, jamás se quejaba pero ese frío tan intenso y tan de golpe lo había logrado despertar. Tenía que ir con Carol, seguramente le podía dar algo que le permitiera andar sin sentirse sensible hasta en la brisa serena del verano.


Una vez en la casa de la india se dispuso a pedirle algún analgésico con la escusa que se había caído patinando. La joven lo miró expectante, no le creía ni que había patinado, eso hacía años que lo había dejado. O eso creía, igual sabía que podría ser verdad, pero en cuanto a lesiones ya no estaba segura de nada. No le podía negar su ayuda, sabía de su enfermedad era grave y la culpa no le permitía emitir queja alguna. Fue por un inyectable, sabía que ya no existía píldora para sus dolores crónicos, le dijo lo de siempre:


— Ve a un médico, recuerda que no me gradúo hasta dentro de unos meses. —apenas sonríe mientras aprovechando la posición en que estaba lo abraza y le sube la remera pero es detenida.


— ¿Qué estás haciendo? —dice intentando parecer ofendido.


—Nada sólo te abrazo Anthy, te quería hacer una caricia, últimamente sólo vienes para buscar drogas o vendajes.


 — Ohh…lo siento Carol, yo estoy algo sensible. Lamento que te sientas así, yo nunca te usaría, soy tu amigo y yo…—tenía un extraño tono en la voz como si quisiera contarle o que Joe le hacía todas las noches sin descanso, pero siempre estaba ese “te quiero” que lo detenía y lo hacía sentir la peor mierda del mundo— Yo, lo siento.


La joven se sacó el flequillo de la frente para mirarlo por completo, ¿por qué siempre se menospreciaba tanto? Era tan evidente, que a veces se preocupaba porque fuera él mismo quien se lastimaba de esa forma. En el último mes había llegado casi todos los días con algún dolor distinto. Desde moretones,  cortes, a falta de aire y lo más preocupante eso, porque él con el asma no debía tomarlo a la ligera.
Fue a su lado y le colocó una mano en el pecho, estaba agitado como lo supuso. Ella sabía que Anthy tenía muchos secretos, en dónde iba cuando desaparecía o le decía a su compañera que estaba con ella cuando no era así. Lo respetaba pero temía porque fuera mucha presión para alguien como él.


— No tienes que contarme todo, pero por favor, no te lastimes más. —en ese momento la personalidad “blue” salió de adentro de Carol, la pesimista que temía perder a quienes amaba y no ser suficiente para ayudarlos, tenía miedo de saber lo que le pasaba aunque sabía que nunca confiaría en ella y eso le provocaba mucha tristeza porque ella le había contado todo, siempre. — Eres un tonto, un tonto con suerte que te quiera. ¡Yo estoy harta de verte así!   ¡De tener que ser yo siempre quien te cure para ocultar tu dolor!¡ Tengo miedo que un día no llegues a mi casa, que no puedas llamarme y sólo yo podría decir…que fue mi culpa no ayudarte, ¿no confías en mi?


En cuanto terminó su pregunta, ya no quería gritar, ya se sentía mal por lo que había dicho. No había tomado sus medicinas esa mañana aún y se sentía muy susceptible a las dudas que cambiaban su humor. Se sentó en una silla de su cuarto y comenzó a llorar con real sentimiento. Definitivamente era la Carol blue.
Anthy la miró y casi llora él también, no pensó que ella pensaba así. No quería hacerla responsable de lo que le pasara. No sabía que decir, porque de dar palabras de consuelo tendría que explicar y eso no lo podía hacer ni siquiera para hacer que su mejor amiga dejara de llorar. Fue hacía la puerta y apenas estaba por salir le dijo con un tono bajo mientras tomaba su inhalador ya que se sentía venir uno de sus ataques.


— No te preocupes por mí, estaré bien, no te molestaré más ni dejaré que lo hagas. Yo confío en ti, mucho más que en cualquier persona pero esto es algo que sólo te lastimará más y yo no lo puedo permitir. Prefiero sufrir solo.


Se fue de la casa y en medio del pasillo sintió como corría para alcanzarlo. Lo tomó del brazo y lo abrazo pero este se la quitó de encima con cuidado para entrar rápido al ascensor y dejarla. Ante este gesto Carol no pudo sino sorprenderse, ella no quería eso, debía cuidar a Anthy lo quisiera o no. Fue a su departamento intentando secarse las lágrimas. Mientras en el ascensor el rubio de apoyo contra el vidrio y se pasó una mano por la cara, no podía creer que fuera tan idiota. Usa su inhalador, estaba nervioso.



En el campus Joe estaba con su grupo de amigos cuando lo ve a lo lejos a sus dos supuestos ex-amigos separados en el almuerzo, esto le sorprendió porque comúnmente eran inseparables. Por alguna razón esto le preocupó. Al volver a clases le mandó un mensaje a Anthy para un encuentro en el baño. Ambos pidieron el permiso y una vez en el lugar éstos se vieron con angustia.


— ¿Qué pasó con Carol?


— Nada, sólo nos enojamos pero estará bien por ahora. —se apoya en uno de los lavados— No quiero preocuparla, es complicado de explicar algunas cosas y más aún cuando no puedo evitar ir con ella para que me ayude. Creo que Carol está sospechando, por eso me alejé un poco de ella.


— Pero es tu mejor amiga, además ella tampoco debe estar contenta con eso. Ant, arregla las cosas con Carol, es mejor que estén juntos. —nota que apenas lo escuchaba, lo aprisiona contra el espejo y entonces le dice en tono bajo— Si quieres dile, no me importa, se callará por cuidarte y me odiará a mí. No te pongas mal, te ves feo cuando estás triste.


— Joe.


El rubio lo toma de los hombros y le regala un beso. Sabía que esa preocupación era la sombra del día, después volvería el demonio de la oscuridad y ese beso sería recibido pero no con la misma dulzura que ese momento. Anthy no hablaría, no hablaría a menos que Joe lo admitiera.
Se calmaron y un poco mejor cada uno volvió a su clase. En el próximo recreo el rubio fue con su amiga e intentó que aceptara sus disculpas, ella aceptó, siempre aceptaba. Le tomó un brazo y entonces se fueron a caminar juntos. La india era tan fiel como los perros y su amigo siempre la amaría, fue su primera amiga después de todo. Eran muy parecidos pero ambos lograban soportarse y se ayudaban sin importar nada; por eso persistía su amistad al tiempo.



Stay llegó a su casa, sintió un rico olor de salsa en el ambiente. Fue a la cocina y vio al rubio con su delantal y en frente de una olla con fideos. A su lado una sartén con una salsa de tomate de verduras. Se le hizo agua la boca al sentir y ver la comida, cómo envidiaba ese talento que tenía su compañero para cocinar. Entonces notó que en la mesa había tres platos en lugar de dos.


— ¿Quién viene a cocinar?


— Ya lo verás, está en el baño, invité a una amiga.


— Ahh.


Entonces va a su lado para ver si podía ayudar, pero siempre era más estorbo que ayuda. Se sentó feliz en la mesa mientras prendía la televisión y ponía el canal de música, Feel Good Inc., siempre lo pasaban a la misma hora. Entonces siente la puerta del baño abrirse y ve a una joven alta y morena. La miró atenta con sus ojos celestes y le sonrío.


— Soy Stay la compañera de Anthy. —dijo amable y le ofreció la mano en forma de saludo.


— Me llamo Carol, un gusto. —le respondió el saludo y entonces la dio una buena mirada— Eres más grande  de lo que creía.


— Espera a conocerla y verás lo infantil que es. —dice en broma Anthy mientras se voltea a verla.


— ¡No soy infantil! —se queja ella inflando los cachetes.


— Ya veo jajajja, es muy tierna, ¿cuántos años tienes?


— Dieciséis, aunque siempre me dicen que aparezco de doce.


Siguieron hablando hasta que el rubio terminó de cocinar. Se sentaron a comer y mientras Stay devoraba a poco más, Carol mira a su amigo y algo insinuante le dice:


— Es delgada y muy linda, me sorprende que le hayas insinuado nada aún. Ella es del tipo de chica que necesitas Anthy, alguien tierna y dulce.
Casi atragantándose con los fideos, nervioso por esas palabras siente a la chica reír mientras él intentaba explicarse.


—Es mi amiga como tu Carol, es muy chica además, además sería inapropiado y además… además…


Ya se había trabado mientras se sonrojaba entonces siente la chillante voz de la infantil adolescente comentar.


— Pero yo me casaría contigo, si me cocinaras todos los días claro. —tenía un fideo colgando y lo succiona sin apuro— Pero tienes razón soy muy chica para ti, estás viejo.
Lo dijo en tono de broma y los dos comensales no pudieron sino reírse por ello. Una vez que terminaron de comer, levantaron la mesa y mientras Stay lavaba los platos Anthy le decía a Carol que descansaba sobre su hombro en el sofá.


— Lamento mucho haberte ignorado hoy, no tuve una buena mañana y no resisto ver llorar a las mujeres.


— Lo sé, yo no estaba muy estable tampoco, pero me alegra que confíes en mí, no importa nada siempre llámame para ayudarte sino ahí si me voy a enojar. —se acurruca a su lado y acota— No tengo ganas de irme a casa.


— Quédate entonces.


— ¿Que me quede?


— ¡¿Se queda Carol?! —preguntó curiosa la pelirroja mientras se asomaba por la puerta— ¡Qué duerma conmigo!


— No, no quiero molestar además me levanto muy temprano y te despertaría.


— No es nada en serio, quédate, si Stay duerme como tronco y yo me levanto contigo. Dale, hace frío hoy.


Era mentira, hacía un calor insoportable pero lo decía en serio. Una noche en paz no le vendría mal. La joven de ojos marrones no pudo sino aceptar su propuesta, no tenía ganas de caminar hasta su casa.
Se acomodaron, Stacy estaba emocionada de tener una amiga, le habló mucho hasta que se durmió y suerte que Carol era noctámbula y lo supo soportar. A eso de las dos y media de la mañana siente un ruido en el pasillo. Se levanta sin hacer ruido, apenas se asoma por la puerta y ve al rubio bien vestido y con claras intensiones de irse.  Volvió al cuarto y comenzó a vestirse, debía averiguar qué estaba pasando. Sintió la puerta abrirse y entonces esperó unos minutos para salir ella y con extremo cuidado salió y bajando al ritmo de él logró seguirlo sin que sospechara. En la calle le llevaba como media cuadra de distancia. 


Era bastante lejos donde iba, estuvo caminando como unas cinco cuadras. Cuando de pronto se da cuenta de cómo Anthy observaba las sombras a su alrededor, se asustó y entonces hizo como si doblara en la esquina y estuvo más precavida. Lo que vio después no tuvo nombre. Sus ojos quedaron abiertos de sorpresa y desconcierto. La persona con la que Anthy se encontraba cada noche era…era…Joseph. Pensaba que se odiaban, que habían dejado de ser amigos desde esa pelea hacía poco más de un año.
Al ver sus miradas, sus ojos, ese sentimiento y cómo se hablaban. De pronto Joe tomó violentamente al rubio de los brazos pero éste no demostraba miedo alguno. Lo que ve Carol no tenía nombre, se tapó la boca para no gritar y salió de ese lugar.
Si se hubiera quedado dos segundos más hubiera podido estar, ayudar, porque lo que sucedería en esa noche sería algo que Anthy nunca podría olvidar.
El escenario cambió, el aire se puso pesado, él interrumpió el beso y se aferró a la camisa de su amante con firmeza. Lo miró apenas para desvanecerse por completo. Joe alcanzó a evitar que cayera y comenzó a pedir por ayuda, unos vecinos lo escucharon y llamaron a una ambulancia.
Mientras volvía al departamento de su amigo, Carol vio algo extraño en medio del camino, lo tomó y al verlo en las luces de la ciudad su rostro mostró real miedo. Era un inhalador, su inhalador. Intentó volver al lugar, corrió lo más rápido que pudo pero era tarde y lo único que llegó a ver fueron las luces de una ambulancia alejarse con apuro. En la calle, desolado y cabizbajo estaba un pelirrojo con una mecha negra en su cabello. Este miraba deprimido.
La joven se le acerca y lo toma de los hombros sacudiéndolo, mientras con mucha angustia y al borde del llanto le grita y pregunta a la vez:


— ¡¿Qué le pasó?!¿¡Dónde está!?


— Él tuvo un ataque.


Ella se queda mirándolo, parecía tan sínica su expresión, su sonrisa. Le daba asco pensar que alguna vez se había acostado con un tipo así, se voltea y comienza a correr hacía el departamento para buscar sus cosas e irse de inmediato al hospital.

Entra con apuro y ya sin cuidado de no hacer ruido. Busca sus cosas y llama a un taxi, cuando estaba todo listo siente una voz a su espalda.


— ¿Carol?


— Stay, pequeña, quédate aquí yo tengo que ir a hacer unas cosas. —intenta llevarla 
de nuevo al cuarto cuando la siente decir.


— Anthy no está, ¿dónde está?


— Él no se sentía bien y voy a ver si lo puedo ayudar ¿sí? Tu vuelve a dormir, estará todo bien pero tú debes quedarte aquí.


— ¿Dónde está Anthy? —al oír que no se sentía bien se despertó y entonces muy preocupada dijo— ¿Otra vez se lastimó? Déjame acompañarlos.


— Lo mejor que puedes hacer es quedarte, por favor linda, no lo hagas más difícil yo volveré al mediodía a ver cómo estás.


Al parecer la pequeña era infantil pero no tonta, ella también sabía lo de Anthy, se quedó con duda de dejarla sola pero al final hizo eso. Salió por la puerta y bajó por el ascensor. Tomó el taxi y mientras rezaba por que estuviera bien sostenía el inhalador con fuerza rogando:


— Que no llame, que no llame, que no llame.


¿Por qué había tenido que llamar a la suerte? Con todo lo que había dicho ese día, le era imposible no decir que había sido la mensajera del próximo acontecimiento. Del ataque de Anthy, quizás no debió meterse en su vida. Pero aún así, ¿se hubiera enterado?, quizás si no hubiera sido tan molesta con él no hubiera estado distraído y perdido su inhalador en medio de la calle, quizás si ella se hubiera ido al cuarto de él habría podido evitar que se fuera, quizás, quizá, quizás. Ésos quizás ya no tenían cabida en la realidad. Lo hecho, hecho estaba y ahora tendría que asumir las consecuencias. Aún algo shockeada por lo que había presenciado, esa muestra de amor de Anthy ante otra persona y no sólo de amistad la llena de dudas y en parte envidia. Después de todo, ella había dejado a Joe para estar con Anthy, pero como amiga ¿no? Como amigos…
Ahora eso no era importante, le pagó al conductor y entonces se bajó mientras entraba con apuro a las blancas salas en busca de su…de su amigo.


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Anthy, Joe, Carol,  Stay, ¿creían que serían los únicos personajes? No, faltan muchos o más bien importantes eslabones en esta cadena. Y uno de ellos es quien más quiere a nuestro frágil rubio, la persona que lo vio crecer y con quien más lloró. Su mamá, su Nora.