Todo estaba en silencio, algún que otro insecto merodeaba por los miles de objetos, basura abandonado. Era un depósito de cosas inservibles, nadie normal tendría interés de una un lugar así, y como bien dije, ella no lo era. Se paseaba intentando distinguir las cosas del piso para no tropezar, ni ser escuchada por nadie, aunque era dudoso. Hacía mucho calor, como siempre, llegó a donde comenzaba la bajada a la ciudad y en ese punto lo vio, su viejo y querido auto gris. Llegaba años abandonado, pero aún así impresionaba que aún conservara la pintura y las plantas no se lo estuvieran comiendo como a todo lo demás en ese recóndito espacio.
— Ahh....sigue siendo como siempre, esta cosa dura más que mi cordura... —musitó mientras se sentaba a un lado de él.
Pensó un poco, o más bien, no podía evitar hacerlo. Era tanto lo que sentía y tan poco lo que podía expresar, que de alguna forma toda esa energía dentro de ella estaba interfiriendo en su vida entorpeciendo sus tareas. Sentía su cabeza tan llena de contraposiciones, deberes, deseos e impulsos que ya casi no podía contener en sí que sabía que algún día terminaría haciendo algo de lo que cual se arrepentiría.
Miró al cielo y de forma seria aunque sentida musitó:
— Maldita luna...—miró a su lado, como si hubiera alguien, una sombra o algo, no quería estar sola y tampoco estar loca. Pero ambas eran certezas muy aferradas como para querer cambiarlas a esa instancia de su vida.
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Un chico de ojos grises corría por los pasillos, corrían tan desaforadamente que parecía desarmarse por el camino. Tenía miles de papeles con él, saltaba cada obstáculo en su camino y más de un escalón se llevó por delante al querer subir hacía el primer piso. A pesar de sus problemas de salud, no lucía muy alterado, su única preocupación era llegar a la maldita clase del profesor que más odiaba. Andaba en la cuerda floja con ese tipo, lo tenía en la mira ante una nueva llegada tarde, lo iba a reprobar por ausencias. Era un desgraciado, tan insistente como de mente tan cerrada como un obispo.
De pronto en su carrera se cruza a alguien y ambos caen al suelo. Anthony deja sus hojas en el suelo para ayudar a la otra persona que estaba cubierta de carpetas.
— ¡Dispulpe! Iba sin cuidado. — toma algunas de las carpetas mientras al verle la cara sonríe— ¡Lean! Menos mal que eras tu, mira debo dejarte o si no-
— Si no Elm te echará del salón, lo sé, ve con cuidado Ant. — el joven se levantó y lo ayudó apenas.
— Gracias, te debo una cerveza, hazme recordar.
— Claro que sí, ya que lo dices, yo te invito unos toc toc entonces.—reía por lo bajo.
— ¿Toc toc? —exclama confundido a punto de irse.
— Así le dice Simón a los tragos de vodka, tu sabes en su país-
— Ahhh okey, debo irme, ¡adiós! —dice algo nervioso y se va.
Mientras continuaba en su maratón al cuarto piso, salón 123, pensaba en que Lean y Simón no eran amigos, por lo que se preocupó sobre el tipo de relación que debían llevar. Más de una vez, los rumores y más aún los que contaba Joe resultaban en verdades incómodas. Al pequeño ruso no le molestaba la libertad de las personas en hacer lo que quisieran con sus vidas, pero cuando se trataba de sus amigos, fuera de la salud física sabía que siempre los problemas de autoestima eran peores aún que las enfermedades contagiosas. Según lo que le veían diciendo, estar con la argentina ya no era tan bien visto, aún cuando pocas personas hablan con ella. Muchos la trataban de "fácil", aunque por lo que Anthy sabía lo menos que denotaba su actitud era eso.
Entonces llegó al salón y dio un fuerte respiro, usando su inhalador.
— ¡Llegué! —dice satisfecho, cuando al abrir sus ojos nota que todos lo miraban con cara de WTF, hasta que el profesor que se tocó su bigote con esa expresión de irritabilidad que asustaba.
— Señor Lévedeb, lamento informarle que la clase empezó hace una hora, temo informarle que nuevamente a llegado tarde. ¿Es serio desperdicia su tiempo de forma tan irresponsable siempre? Es increíble. — al ver los ojos de cachorro regañado del rubio solo suspira y le señala un pupitre con enojo— Siéntese, pero no lo volveré a repetir, es su última oportunidad Lévedeb. Tiene suerte que hoy tengo buen humor.
— Me está jodiendo...— pensó, había quedado con los ojos como platos de sorprendido.
— ¡Lévedeb siéntese! —le ordenó.
El joven poco más corrió a su asiento y no dijo palabra alguna, sólo se dedicó a tomar nota....más tarde agradecería por ello.
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Carol veía por la ventana, husmeó su celular, ningún mensaje nuevo. La tecnología no era su amiga, casi todos sus artefactos andan con mente propia, pero era importante; esa vez era importante.
— Maldita sea, tendré que ir hasta su departamento. —dijo entre enojada y preocupada— Si me llega a decir que ignoró mis mensajes, se dará cuenta que mis sermones son halagos a lo que le espera.
Tomó su campera de jean de más de diez años (podrá imaginarse lo gastada pero genial que lucía) y ató su larga cabellera en una coleta. Tomó las llaves junto a un caramelo ácido que guardó en su bolsillo y comenzó a caminar por los sobre transitadas calles de Londres. Sus lentes se sol reflejaban todo a su paso, algún que otro idiota le gritaba boludeces, hasta que en un momento, un anciano que bien podría ser su abuelo le dijo algo que hubiera sido mejor lo hiciera. Carol, ya tan enojada por la falta de atención de su compañero, se frenó en seco y señalándolo mientras ponía su mejor cara de asustada gritó en medio de toda calle.
— ¡¡¡PEDÓFILO!!! ¡Qué alguien llame a la policía!
No bastó de terminar la frase que ya medio mundo estaba en frente del hombre, sin mencionar un oficial de tránsito que pasaba oportunamente por ahí. La mujer como gritó siguió su camino, al menos, alguien tendría un día peor que el de ella. Sonrió maliciosa pero duró poco, aún debía terminar el reporte y ninguno de los integrantes de su grupo le habían avisado nada. Ese día estaba cerca de matar a alguien.
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Stayce estaba escuchando música en su cuarto, ese días se había intoxicado uno de sus profesores y no tuvo clase en todo el día, así que no hizo nada ese día. Entonces mientras movía sus casi inexistentes caderas al ritmo de Dare escuchó (vaya oído ¿no?) que alguien tocaba la puerta. Sorprendida pero aún moviéndose al ritmo de la música fue a atender. Al abrir la puerta lo vio todo listo para invitarle una salida y lo abrazó con su euforia habitual.
— ¡Quiero helado! —le gritó mientras lo soltaba y le tomaba sus brazos aún bailando.
— Hey prima, sirvo para otras cosas además de comprarte helado. —dice contento mientras le seguía la corriente— ¿No está el ruso? Le prometí unos tragos y ya debería estar de vuelta del instituto.
— Ohhh Lean no seas malo...además Anthy siempre llega tarde, después regresamos y te vas con él. Por favor. — usó su carita de nena buena.
— Ya en serio, ese chico tiene doble vida o algo hoy llegaba tarde a lo del viejo morsa, si sigue así no tendrá ni la mitad de las materias aprobadas este año.
— No sé...es así y bueno, no tiene doble vida, sólo está muy ocupado con el estudio y eso. Se junta con Simón y con lo burra que es seguramente le toma tiempo explicarle. —dice odiosa al pensar en esa idiota.
— No digas eso, aunque admito, que esté con esa rara no da ánimos del asunto. En fin, vamos a buscarlo, si ayudas te compro el maldito helado. —dijo mientras se ajustaba su coleta estilo japonés antiguo.
— Wiiiiiiiii ¡Vamos! —exclamó emocionada y salió por la puerta, puso llave y lo fueron a buscar.
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El rubio andaba divagando, últimamente quería estar solo, pensar un poco en lo que estaba haciendo con su vida ustedes saben, típico psicopateo de medianoche. No había llamado a la pelirroja para avisarle de su demora. No tenía idea, estaba bien, no estaba nervioso ni nada y sin embargo aún tenía la sensación que su corazón se detendría. Algo malo pasaría esa noche, con alguien que aunque sea por efímeros momentos él quería.
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Joseph había estado jugando al billar, había sido noche de apuesta a gran escala. Gracias a su buena mano, además de métodos de distracción había conseguido un buen motín. Cuando de pronto en medio de las calles, en un callejón escucha a una mujer gritar... se acerca hacia donde sentía y ve un ladrón encima de su victima... no era sólo un ladrón...
Se acercó despacio, tomó un pedazo de ladrillo bastante grande de una construcción a su lado y entonces se le arrimó hasta darle con el objeto en la cabeza dejándolo inconsciente. Notó que la joven estaba congelada del miedo. Joseph corrió a ella y entonces le quitó el tipo de encima y la levantó para llevársela de allí.
— ¿¿Está bien?? ¿La lastimó? Señori...—le ve el rostro cubierto de lágrimas, era Simón la joven. Siente que lo abraza con fuerza mientras apenas podía creer la "coincidencia" del momento.
Se fueron alejando de a poco, él no la soltaba, ella no dejaba de llorar. La llevó a su casa, antes de irse la revisó, al paracer llegó a tiempo pero la había golpeado mucho en el rostro. Uno de sus brazos estaba sangrando, aunque no tenía por seguro que fuera por el atacante. Le ofreció llevarla a un hospital o algo, ella se negó.
— Estaré bien, no te preocupes. —dijo temblorosa— Vete.
— ¿Qué hacías sola por esos lugares?¿Sabes qué hubiera hecho ese hijo de puta si no te hubiera escuchado? ¿¿Simón?? ¿Me escuchas? —dijo preocupado, raro en él, lo demostraba.
— Nada...tengo miedo...Joe yo —se limpiaba las lágrimas de sus ojos intentando mantenerse seria y firme, parecía una leona furiosa pero herida— ...¿quieres quedarte?
— Por supuesto que me quedaré, idiota, quédate ahí mientras busco algo para curarte la herida.
— Busca en mi armario del baño, ahí hay cosas para eso...—musitó apenas, le empezaba a doler la cabeza.
— Bien.
Se fue a buscar lo que necesitaba, llevó hielo pero ella decía que no sentía dolor, a veces lograba asustarlo. Le tiró ese maldito flequillo de los ojos, uno lo tenía rojo, seguramente lo tendría morado para la mañana. La recostó sobre él, abrazándola mientras le enfriaba un poco las ideas. Cuando la sintió dormida apagó el velador a su lado y en la oscuridad susurró:
— No me asustes así...
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Anthy estaba frente a la puerta del departamento de Simón, quería tocar, verla...pero sería molestarla. Eran sólo presentimientos, sólo eso.
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Tocaban la puerta incesantemente, la pequeña pelirroja se levanta, choca algunos objetos en su camino y llega a atender.
— ¿Está Anthony? —pregunta seria.
— Buen día, me llamó Stacy Pot, y no él no está. —dijo enojada mientras se fregaba los ojos, como odiaba levantarse temprano.
— ¿No deberías estar en la escuela fosforito? —le dijo mientras seguía mirando hacía afuera— Ya que, lo encontraré por la tarde.
— Simón, Simón....¡¡Tienes razón debería estar en la escuela!! —dice mientras vuelve a su cuarto y comienza a vestirse, se confundió de día.
La mujer se queda en la entrada, no podía existir un ser tan despistado, aunque ella de joven tampoco era la más atenta. Dio unos pasos al interior y le gritó:
— ¿¡Quieres que te lleve?! Tengo mi motocicleta y me queda de paso.
— ¿En serio? —la mira seria mientras se pone la mochila— ¿Qué quieres a cambio? —desconfiada.
— Nada, por ahora nada, tómalo como que me debes una pero vámonos ya.
La toma del brazo y salen poco más corriendo. Le ofrece su casco, la argentina llevaba lentes de sol, eso le bastaba, además de que tenía el ánimo por el piso para pelear con la pequeña entonces.
— Gracias Simón.
— No importa. —se aguanta un grito al sentir los brazos de la joven sobre su cintura.
— ¿Estás bien?
— Si, si, sólo me duele un poco la espalda, anoche me quedé dormida sentada. —mintió mientras aceleraba como haciendo catarsis por ese lado.
Llegaron bastantes despeinadas, Stayce le agradeció y se fue corriendo a su salón. Mientras la morocha admiraba el paisaje, cuando una voz a su espalda la deja congelada. Se voltea, cuando ve ésos ojos grises sobre ella, cómo le sonreía...Simón se perdió...
— ¡Hey Simy! No puedes estacionar allí jajajaj
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— ¿No sabes nada de Sim?
— No, ¿por qué? —le dice preocupada mientras termina su sándwich.
— Nada, sólo decía, hace días no la veo. —el rubio lucía distraído.
Carol le pasa una mano por la espalda para sacarle la tensión. Terminan de almorzar pero antes de volver a sus salones le dice muy segura.
— Iré a verla, te aviso. —le hace un gesto con la mano y se despide.
La indú no era por olvidadiza, estaba llena de trabajo, esas alturas del año la volvían loca. Pero su amiga la llamaría, siempre lo hacía. Camina por los pasillos cuando siente a alguien tomarla de los hombros, algo desorientada siente que la abraza, al mirarle el anillo sonríe sin medirse. Le corresponde el gesto y siente un suave beso en su mejilla.
— Caroline. —dice dulce mientras la suelta algo avergonzado, se había emocionado tanto en verla que se dejó llevar.
— ¡¡Zed!! ¡Volviste! —dice mientras lo abraza.
— Mmm...si, regresé antes, bueno me tomé la semana para venir y ver a mis padres y a ti...y eso...y Carol...la gente nos mira. —dijo nervioso por su timidez natural.
— Están celosos, no sabes cuánto esperé por volverte a ver.
— Yo también, dime, no quiero molestarte...¿te esperó en tu lugar o el mío?
— Mejor al mío, tengo muchas cosas que contarte. —lo despide con un beso y se va rápido.
Lo que Carol no previó, por la inesperada sorpresa fue que olvidó lo que le había dicho a Anthy. Tan sólo dejó de preocuparse, aunque quizás las cosas se sabrían con o sin la ayuda de la joven.
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— ¿Crees en el Karma?
— Si, Nora me enseñó y diría que si,
— Entonces, si a una chica la ataca un tipo es por karma.
— Joe eso no tiene nada que ver con el karma.
— Tan sólo responde.
— No, no es por eso, seguramente mala suerte pero no karma...—lo mira con duda.
— Ayer salvé a una chica de un ladrón. —dijo mientras su voz dejaba de tener la presencia de siempre.
— Eso es bueno.
— Aunque no sólo le quería robar, si sabes a lo que me refiero...
— Si, pero eso no importa tu lo evitaste y es..
Entonces el mayor se le sube encima, pone sus brazos a los costados del cuerpo del rubio, lo mira con unos ojos distintos a siempre que terminaban en esa posición. Anthy abrió los ojos algo asustado de esa reacción, en parte porque estaba demasiado expuesto para su gusto. Tener discusiones sin ropa era algo peligroso con humor tan cambiante como el de su amigo.
— No fue suficiente Anthony, ella quedó muy mal, lloró...hacía años no la veía llorar. Anthy yo...yo...
Los ojos negros de Joseph brillaban de bronca, lo de Simón lo terminó afectando más que a ella al parecer. Odiaba sentirse impotente, ver como algunas trataban de esa forma a personas tan buenas, el como él mismo perdía el control a veces. Entonces perdido en un mundo que no le permitía ver la realidad siente al joven debajo de él abrazarlo con fuerza. Se dejó reconfortar, a veces le costaba creer, que alguien tan bueno como Anthy pudiera amarlo...aún cuando ni una sola vez se lo demostró como debía.
— ¿Fue Simón verdad? —dice por lo bajo mientras lo sentía respirar sobre su hombro.
— Si.
— Siempre es por ella. —sonaba algo resentido en ese instante, pero sus palabras siguientes tenían su amabilidad innata— Me quedaré un rato más así.
— Yo también.
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Muchos sentimientos estaban saliendo a flote, porque siempre estamos compitiendo, estamos temiendo por perder cosas que ni siquiera tenemos la certeza de poseer. ¿Qué sucede con el orgullo?¿El sentido común?
Las estatuas comienzan a quebrarse, los pájaros parecen no cantar por desgastar su voz...
¿Puede molestar la felicidad?¿Egoísmo?
O quizás el cambio asusta tanto, que con tal de mantener la "normalidad" en nuestras vidas preferimos herir a quienes queremos. Ser fuerte para dejarlos ir, aún sabiendo que podrían no regresar, es una de las cosas que más nos cuesta aprender...pero nos transforma en mejores personas y se aprende a amar de formas que nunca hubieras imaginado.
A veces son los árboles, tan frágiles como sus hojas.
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