Se bajaron del auto, Joseph prendió un cigarrillo, era como el décimo quinto desde que comenzó el viaje de regreso. Una vez que Anthony se bajó, su amigo con una voz extraña le dijo:
— Anthy, eres mi mejor amigo. —recibió una mirada cansada, luego desvió sus ojos a la calle— Y sólo te quiero como eso, te pido perdón. Yo...yo creo que te usé
— ¿De qué estás hablando? —dijo abriendo sus ojos grises con asombro.
— Perdóname por usarte, la verdad, todo este tiempo en que he "estado" contigo sólo fue para probarme algo. Y bueno, creo que me equivoqué en grande.
— ¿Estas diciendo que tu sólo querías...—su rostro parecía perderse en vaya a saber quién donde.
— Sólo quería acostarme contigo, sí. Me aproveché de lo que tu sientes por mí, no me importa que seas un marica sólo me sorprende que quieras a alguien que sólo te usa. Sin embargo, como aún te tengo afecto, quiero que terminemos esto de la mejor manera posible. Así que dejemos la cursilería de lado y volvamos a ser amigos. ¿Qué dices?
Todo lo había dicho en un tono tan calmo como frío, cada una de las palabras y cada matiz de las mismas era una apuñalada al frágil corazón del rubio que apenas si entendía como podía mantenerse en pie.
Me proveché de ti...tonto...te usé...me usó....maric...........................
Aquellas palabras estaban tan apegadas a su interior, aferrándose y golpeándolo, provocándole un dolor tan fuerte que sentía que su cuerpo ardía y sólo dejaba cenizas a su alrededor. Pero él era su amigo, no debía mostrar más de lo que había perdido. Se paró firme, sacando su rostro inexpresivo, asentó como siempre a lo le pedían y apenas lo saludó para subir a su departamento.
Joseph no dijo palabra alguna, sólo subió al auto, prendió el motor y musitó:
— Jamás pensé poder ser tan desagraciado, perdón, pero será lo mejor.
Mientras los escalones se hacían más pesados, algo se hundía, algo estaba quitándole el aire y aún así no le molestaría dejar de respirar unos minutos. No le molestaría. Abrió la puerta de su departamento, no se molestó en prender la luz, parecía estar tan abstraído del mundo que no deseaba sentir nada. Era lo mejor, ocultar sus sentimientos, dejar a Joe tranquilo.
Fue a su cuarto, cuando al ver hacia la cama se encontró con una sorpresa. La pelirroja había vuelto y estaba recostaba en su cuarto como acostumbraba. El rubio apenas intentó manejar la emoción que tenía y se acostó a su lado, la abrazó y se dejó llevar ante una solución pasajera. Un alivio pasajero.
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Dos semana después
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Stayce estaba tranquila repasando algunas cosas para un examen de matemática cuando siente un ruido fuerte desde la cocina. Se apresura a ver qué se había caído y lo encuentra a Anthy con la mano cortada intentando levantar un par de vidrios del suelo. Se le acerca, mientras busca un repasador.
— ¡Ten cuidado!¿No ves que te cortaste? Estás sangrando, debes ser más cuidadoso, últimamente se te caen mucho las cosas. Estás más torpe que yo.
— Ahh, no lo había notado, mejor me lavo tienes razón. —dijo serio mientras al mirar la sangre no se impresionó en lo más mínimo, hasta podría decirse que no le sorprendía que se hubiera cortado.
— ¿Estás bien?¿Ant estás vivo no? —no comprendía si era por estudiar medicina o algo, pero esa expresión no le parecía normal.
— Si, no te preocupes, es que estaba pensando. —le sonríe y con la mano vendada se va al baño.
La adolescente de poca experiencia, sólo se quedó con la duda, no errada, de que su amigo estaba mal. Debía vigilarlo, temía que todos los accidentes y cosas de las semanas anteriores no fueran inconscientes como parecían. Llamaría a Carol, seguramente sabría que hacer.
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— ¡¡¡ESTO ES UNA MIERDA DE PROGRAMA Y MIL DEMONIOS!!!
— Caroline, creo que mejor te tomas un descanso, este...¿podrías preparar el té? —dice una de sus compañeras mientras le acaricia la cabeza en comprensión de toda la presión que estaban pasando.
— Bien, tienes razón, me voy a hacer té. —dijo con tono de cansancio mientras se movía como un zombie, una vez en la cocina siente sonar su celular— Que sea de vida o muerte, hable rápido y conciso.
— ¿Carol?
— Stay, ¿qué pasa? —pone un poco de agua en las tazas.
— Quería pedirte si puedes hablar con Anthy, hoy, bueno hace semanas está actuando de forma extraña.
— ¿Está paranoico o caquéxico? —dice distraída mientras ponía las tazas en una bandeja.
— Emm ¿no? —no tenía idea de qué le decía.
— Entonces no es grave, déjalo, a éstas épocas de exámenes suele ponerse raro. Desde niño ha sido así, si deja de comer me avisas, eso si es peligroso en él. Te dejo, tengo que estudiar Stay, tu tranquila. —cortó y miró el teléfono un momento, negó con la cabeza y solo sonrió descuidada.
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Alguien llamó a la puerta, era extraño, eran las seis de la mañana. Joseph apenas si tenía ánimos de pensar a esas horas, se levantó, algo a tal hora no podía ser sólo una broma de mal gusto. Sin preguntar nada, abrió la puerta.
— ¡Hola mi querido amigo! ¿Qué pelotudes estás haciendo a estas horas de sosiego por la ciudad de la furia? —dijo una argentina pasada de copas y hablando su idioma con tal fluidez que se podría poner en duda si en realidad estaba consciente que estaba en Reino Unido.
— ¿Qué demonios pasa? —dijo en un español que con suerte se entendía.
— La vida...the life....¿puedo quedarme aquí? tengo la sensación de que si me subo a mi moto será la última acción de mi vida y la de unos cuantos.
— No entiendo una mierda de lo que dices, ven. —la tomó de los hombros y la llevó al interior— Estás helada, será mejor que te recuestes.
— ¿Sleep juntos?
— Sleep. Estás mojada, ¿qué estuviste haciendo?
— Concurso...
— Bien no quiero saber, ven te secaremos y te prestaré una remera o algo.
— ¡Eres tierno! — exclamó mientras al abrazarlo se queda dormida.
El joven se quejó por lo bajo, la tomó y la llevó al cuarto. Le sacó la remera mojada, no se molestó en sentir vergüenza porque era como una hermana, una jodida hermana. Le puso una de las musculosas que usaba de piyama, le permitiría quedarse hasta que se le pasara la "alegría". En un momento la escucha levantarse, sólo habían pasado un par de horas. La vio semi desnuda mientras su cabello amorfo le hacía lucir algo desorbitada aún.
— Lo volví a hacer.
— Bueno, te ves mejor que la última vez, ¿ya reflexionaste?¿duele?
— No, creo que por ahora no, ¿tu?
— ¿Yo qué Sim?
— ¿Te duele?
— Mucho.
— Lo siento.
Se fue a su lado y lo abrazó contra su pecho, se sentó y quedaron dormidos juntos, aún cuando ninguno tenía sueño.
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Anthy y Lean estaban estudiando, cada uno por su parte, el pelirrojo de vez en cuando se ponía a hablarle, pese al poco interés que se le veía a su amigo. En un momento le sacudió la cabeza, haciéndose el ofendido le preguntó:
— Mira, no vine para estar con un maniquí, quiero estudiar pero también vine a hablar con una persona que no esté interesada en mis resultados de matemáticas...así que habla Anthony.
— Bien, ¿de qué quieres hablar? —dijo sin hacer caso al golpe.
— Veamos, si me das libertad te preguntaría hasta de tu vida sexual pero no creo que me sea útil. ¿Cómo está Joseph? Hace tiempo que no lo veo.
— No lo sé, yo tampoco lo veo hace tiempo, mejor hablemos de otra cosa. —respondió acomodándose los lentes mientras intentaba no pensar en la persona que había mencionado.
— No, en realidad quiero saber sobre eso, dime ¿no eran amigos ustedes?—sabía en que terreno se metía, pero él era una persona poco prudente de por sí.
— Lo somos.
— Entonces.
— Basta, no quiero hablar de él, además tampoco te es útil ¿no? —había un enojo desconocido en la voz del rubio.
— Si me es útil, porque siempre que él esta cerca las cosas están mal, ahora que está lejos parece que te hubiera llevado con él, siempre creí que había algo extraño entre ustedes dos.
El ruso se levantó con su bolígrafo en mano, arrinconó al chico contra una de las paredes y hundiendo la punta de su instrumento en su garganta le advirtió:
— Te aconsejo que no hagas preguntas innecesarias, nunca se sabe hasta donde te conducen ¿entiendes?
— Anthy. — mencionó sorprendido mientras notaba que apenas si podía moverse de la impresión y de la fuerza que estaba sobre sus brazos. Asintió con temor.
— Bien.
Recogió sus cosas, le dejó unas hojas y se marchó sin decir más.
Lean, pasado su shock miró lo que había dejado, era un mensaje.
" ¿Te parece divertido que te hundan un bolígrafo en medio de una herida abierta? A mi no. "
Horrorizado, creyó que había algo muy retorcido en su amigo.
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— Mi cabeza, como duelen las fiestas después de terminadas. —decía mientras se sostenía una bolsa de hielo encima de sus ojos por una migraña y resaca combinada.
Siente que alguien tocaba la puerta, algo rebotó dentro de ella y apenas si pudo contenerse de no maldecir al idiota que la molestaba en tan inoportuno momento. Se levantó de la cama, se colocó una bata y fue a abrir. Entonces al hacerlo no pudo ni responder a lo que sucedió después.
La abrazaron con tanta emoción que apenas la levantaron del suelo unos centímetros, sintió sus frías manos sostenerla como si no quisiera que lo dejara nunca. Le dijo algo, no lo entendió, igual no necesitaba hacerlo. Jamás lo había tenido de esa forma con ella, pero no le pareció tan extraño. Sus lágrimas tibias caían sobre el hombro de la joven, su dolor fue opacado por el de él.
Lo metió dentro del pequeño departamento y fueron juntos a la cama, en una escena difícil de creer para cualquiera Simón dejó al pobre descargarse sobre ella.
— Todo estará bien, lo prometo, todo estará bien.
— ¿Soy un tonto no?
— No, solo un idiota.
Le acariciaba el cabello, intentando que si lloraba no se hiciera daño, cuando lo veía muy exaltado le ponía una mano sobre la espalda y le marcaba un ritmo para regular su respiración. Lo acogió entre sus brazos, como un hermano, como un niño, como un igual. El amor de Anthony era tan claro, a comparación de ella, que lograba despertar en su atormentada alma un sentimiento de consuelo incomparable. Cuando el rubio se quedó dormido, la joven lo recostó sobre la cama y se permitió mirarlo un momento. Le besó la mejilla, un saludo de buenas noches. Se quedó dormida a su lado.
En un momento el rubio se despertó por un ruido a su lado, era el gato de Simón, lo hizo a un lado de su rostro y al ver a la joven a su lado se conmovió. Lo había tapado con una sábana, pero ella estaba helada, se levantó con cuidado aún conociendo el sueño pesado de la chica y buscó una frazada, la envolvió en ella y luego la abrazó quedándose a su lado. Sintió como se acurrucaba en su pecho,logrando ponerse algo nervioso hasta que encontró el calor de ambos tan relajante que consiguió volver a concebir el sueño.
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— Estás demasiado pasada de tabaco o en otros términos, tanta gramática morfológica te está afectando.
— ¿A qué se debe esas teorías? Estoy bien.
— Claro, eso preocupa, digo estás muy bien y cuando estás bien significa que estás en algo...generalmente con final trágico.
— Creo que exageras, digamos que pensé que me afectaría más el bueno...que Fiamma me dejará por segunda vez pero estoy bien.
— ¿Te gusta alguien más? —la miro de soslayo, pendiente de su respuesta.
— No, deja de decir tonterías y vayámonos de aquí.
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La televisión estaba prendida, se escuchaba el opening de un programa de niños.
— Hora de aventura, llama a tus amigos. Vamos a tierra muy lejanas...con Jake el perro y Finn el humano...
Una joven sentía que la llevaban, como si por fin su príncipe azul estuviera presente en el mundo real. Abrió los ojos ilusionada y al ver quién era sólo suspiró.
— Ohh, eres tu Anthy.
— Bueno, podría ser peor. —le besó la cabeza mientras sonreía.
— ¿Por qué tan contento? —preguntó dudosa mientras lo miraba apenas consciente.
— Hoy me siento bien, sólo eso, no deberías quedarte hasta tan tarde viendo televisión.
— ¿Qué hora es?
— Son las seis de la mañana, aún puedes dormir un par de horas.
— ¿Dormiste aquí?
— No, me quedé en lo de Simón por unas cosas de la universidad, papel de registro y eso...sabes que no entiendo nada de esas cosas. —dijo mientras sonreía más amplio.
— ¿Pasó algo?¡No me digas que estás con Simón!¡Te mato! — dijo en tono de juego pero contenta de volver a verlo con la mirada que ella había olvidado.
— No, somos amigos, nada más...pero fuera de los papeles nos divertimos, hablamos...
— ¿Cogieron? —preguntó con una mueca de asco en sus labios.
— ¡No Stayce! —le dice todo rojo— En serio, sólo hablamos, sólo eso.
— Me estás ocultando algo, pero no importa, me alegra que estés bien.
— Mmm.
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Continuará
In London '13
lunes, 16 de abril de 2012
sábado, 31 de marzo de 2012
Adiós _ primera parte
Estaban en el auto, mientras uno conducía (era el único que sabía), el otro se había apoyado sobre la ventana dando la espalda por completo. A su acompañante le llamaba la atención.
— El aire está algo frío, podría hacerte mal Anthy.
— Estoy bien. —respondió en un tono dudoso— Sólo tengo sueño pero si me duermo ahora no sé si me podré levantar.
— Bien, si te duermes te despertaré al llegar, de todas formas te dejaré con Nora y luego iré a ver a mi padre.
— Como quieras.
Y así estaba de conversador, y las cosas no parecían querer mejorar, sería un largo fin de semana. Siguieron camino, hora y media, entre paradas por los mareos del rubio para llegar a la pequeña ciudad en donde habían crecido. Miraban los edificios con melancolía, toda su infancia y adolescencia había transcurrido en ese lugar. Una paz, estaban en su hogar. Londres era una ciudad soñada, más aún para los chicos de pueblo como ellos. aunque la calma de las raíces no se le podía comparar.
Frenaron en un kiosco, Anthy ya no podía soportar más el movimiento del auto. Se sentó en una de las sillas del exterior, colocó su cabeza entre sus piernas y respiró profundo. Joe lo conocía pero entre todo lo ocurrido en los últimos días si estaba muy alerta. Se sentó a su lado, le acarició la espalda, con el tono más amable le preguntó.
— Podemos seguir a pie desde aquí, sólo son unas cuadras hasta llegar a tu casa, luego vendré por el auto.
— Espérame...un poco más. —tomó su inhalador y lo usó, no quería llegar y ver a su madre todo agitado.
Se quedaron allí hasta que la cara del rubio tomó más color, su amigo compró una gaseosa y mientras caminaban iba tomando sorbo y sorbo. Saludaron a muchos conocidos y viejos amigos, su camino fue más largo de lo esperado. Al llegar a la casa color celeste ambos se chequearon, para dar una buena impresión como siempre. Llamaron al timbre.
La mujer de cabello lacio abrió y al verlos emitió un notorio grito de alegría mientras los tomaba a un abrazo fuerte.
— ¡¡¡Mis chicos!!! —emocionada los miraba— No avisaron que vendrían, les tendría algo preparado, estoy hecha un desastre, deberían avisar y no se qué cocinar...—ya estaba con su parloteo habitual.
— Ya mamá, no hay problema. —la abrazó fuerte, cuando al sentir como lo palpó se alejó algo avergonzado.
— Estás muy flaco Anthy, vamos entren, en un rato ya les tendré algo preparado. Tan perdidos en el estudio deben olvidarse hasta de comer.
Los regañaba al tiempo que su sonrisa permanecía, eran sus niños y lo seguirían siendo. Sin poder negarse, porque no quería ofender a la mujer, se quedaron. Anthy se fue a su cuarto, tenía mucho sueño y ya lo había cansado Nora con que se fuera a dormir después lo llamaría. Quedaron en la cocina Joe y Nora.
Él la miraba embelesado, cada movimiento, mientras se sostenía la cabeza con una de sus manos sus ojos sólo podía concentrarse en ella.
Nadie lo sabía, pero Nora era lo más cercano a una madre que el joven inglés había tenido. Sí, recordaba a su madre, pero habiendo muerto cuando él sólo tenía ocho años no le había dejado muchas imágenes. Así que ese vacío era llenado estando con Nora, desde que conoció a Anthy y se hizo amigo de él, la mujer siempre lo había tratado como un hijo más.
— ¿Cómo te está llendo Joseph?
— Bien, tengo algunas complicaciones en dos o tres materias pero las sacaré, estoy seguro. ¿Aquí? —dijo mientras a un seña de ella se levantó y busco los condimentos de la repisa para alcanzárselos.
— Tranquilo, mis amigas están todas en crisis de "no se qué hacer con mi vida" pero yo estoy bastante joven para pensar en eso aún. —dijo bromeando mientras movía la salsa— Estaba pensando en comenzar unas clases de pintura.
— ¿Nunca te quedas quieta no? —dijo sonriendo mientras le daba el tarro.
— Me volvería una molestia si hiciera eso, además si aprovechas tu mente tu cuerpo se sentirá mejor.
Volvieron al silencio, ese olor tan particular de comida casera logró despertar el apetito de todos en la casa. En cuanto faltaban unos minutos para que estuviera listo Nora le pidió a su niño mayor que fuera a despertar al otro así ponían la mesa.
Joseph caminó por el pasillo, la última puerta era la del cuarto de su amigo, si conocía esa casa. Entró al cuarto, todo estaba como siempre, realmente no era nada descuidada en la limpieza. Fue al lado de Anthy re dormido y en un posición rara para parecer cómoda. Le acarició el cabello, un gesto de ternura nada convincente para cualquiera que lo conociera. Volvió a su seriedad.
— Anthy, arriba, vamos a comer...Anthy...—le tocó la frente un momento, estaba bien, algo frío. Quizás estaba con presión baja como le pasaba a Simón.
— Ya voy, mamá no molestes. —dijo durmiendo y quitando su mano de encima.
— No soy tu madre, tonto. —dijo juguetón y comenzó a hacerle cosquillas, como si el tiempo no corriera, volvieron a ser los niños de antes.
Mientras jugaban se olvidaron de los problemas, ambos reían contentos con su ignorancia, tan inocente por entonces. Un ruido sobre la puerta los hace volver a ser adultos y frente la mirada y sonrisa de la mujer.
— Dejen de jugar y vengan a ayudar, ustedes nunca cambian. —se fue riendo mientras movía su cuchara.
Los chicos se vieron, estaban despeinados, uno encima del otro como si hubieran jugado a la guerra (o a la mancha guata). Joseph se levantó más tranquilo al ver que Anthy aún era humano y no ese robot que lo acompañó todo el viaje hasta allí. Lo miró fijo, parecía tener más vida en su rostro, se alegró. El rubio al notar que lo miraba trato de disimular su vergüenza y se levantó pronto pasando al pasillo con rapidez.
Comieron tranquilos, luego Joseph se fue prometiendo pasar más tarde, aún cuando Nora le ofreció pasar la noche con ellos él sólo la saludó negando a su pedido. Ahora vendría la parte más difícil para el chico de ojos negros.
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Ya había guardado el auto en un estacionamiento cercano, subió los escalones del pórtico con poco ánimo y tocó timbre aún teniendo las llaves consigo. Esperó, Amy, la enfermera lo atendió tan cordial como siempre haciéndolo pasar y preguntándole sobre la vida. El joven le agradeció, se limitó a contestar lo más sereno posible.
— Dime ¿está cada vez peor no? —dijo con un triste sonrisa, estaba redimido a lo que ocurría, pero aún con los años le costaba creerlo.
— Y si, pero tranquilo Joseph, al menos está más tranquilo. El médico le dio un nuevo calmante, no queda inmóvil aunque admito que he dormido más con la seguridad de no tenerlo nervioso.
— Entiendo, está bien, ya no hay de otra que verlo. ¿Dónde está?
Y cómo si fuera por causalidad un fino y escabroso acorde mal hecho en una melodía de poca práctica, quizás.
El joven puso su mejor cara, fue a la sala de estar, frente al viejo piano se hallaba su padre, o lo que quedaba de él. Era muy difícil verlo así, un hombre tan magnífico como lo fue, desvanecerse en medio de una oscuridad que sólo podía verse si se veía al pasado. Sus grande y arrugadas manos tocaban las teclas sin conocerlas, en su expresión se notaba su esfuerzo para recordar. Todo sería en vano.
Joseph se le acercó, lo abrazó apenas para luego levantarlo con cuidado esforzándose por verlo y que lo reconozca.
— Papá, soy Joseph, ¿me recuerdas no? —apenas lo sintió asentir pero sus ojos estaban muy distantes— Ven, este piano está desfinado, no te preocupes, ya estará mejor mañana.
— Tienes razón hijo, estará mejor mañana. —siempre respondía lo mismo.
— ¿Quieres que almorcemos juntos?
— Bueno...¿Y tu eres?¿un de mis estudiantes no?
— No, soy Joseph, tu hijo. Era malo en tus lecciones, el gen de la música se quedó en ti. —le repitió como las mil veces anteriores.
— Cierto, cierto, luego recuérdame que debo preparar la tarea de los chicos.
— Claro, tu descuida.
Lo llevaba con paciencia, a paso lento por los pasillos de la casa, llegaron a la cocina y Joe se puso a cocinar para darle el día libre a Amy. No comería, pero debía asegurarse que su padre sí lo hiciera. Luego lo acostó y se quedó un rato en la habitación biblioteca, hacía más de diez años ese lugar no era sólo un depósito de libros, también era el refugio de la tan olvidada madre del joven.
Lamentaba admitir, que no recordaba mucho de ella, que no sabía si la extrañaba o si sólo se sentía triste. Había sido el último de tres hermanos, siendo sus padres muy mayores y sus hermanos demasiados desinteresados, nunca había tenido mucho cariño familiar. Era el único que aún se ocupaba y visitaba a su padre.
Fausto Monroe, fue muy reconocido por todos los aristócratas de la alta sociedad, un dotado e intelectual hombre dedicado a su música. Era un excelente compositor, como así también maestro, todos los que aprendieron con él terminaron siendo grandes amantes y creadores; todos excepto sus propios hijos, el que más lo intento en un esfuerzo por un halago fuera de "eres muy inmaduro, pero se entiende" fue Joseph. Siempre admirando a su padre, siempre le envidió porque pese a que compartía su amor por la música era claro que sus manos no eran heredadas de él.
— Fui muy inútil, una molestia para ellos, esto es lo menos que puedo hacer. —se dijo mientras miraba las hojas de las últimas composiciones que había hecho, las incompletas.
Apenas él se había ido a estudiar, su padre cayó enfermo, en sus últimas visitas se notaba que había algo mal en él. Cuando por fin lo convenció de ir al médico fue que las cosas empeoraron. La enfermedad que tenía, lo iría consumiendo de a poco, hasta llevarlo a la tan temida nada que evitaba desde la muerte de su tan querida esposa. Su mente lo abandonaría, dejando sólo un envase bizarro y vacío del hombre que alguna vez vivió a través de él.
— Me pregunto, si la justicia existe, ¿una persona merece terminar tan mal? Ya ni siquiera puede tocar dos notas como antes, ya no puede tocar aún cuando se lo prometió. Creo...que lo ha olvidado.
Se fue a la sala, encendió un cigarrillo. El piano estaba afinado, siempre lo mantenía en perfectas condiciones, quizás un hábito sin sentido. Recordaba cuando era niño, solía pasarse horas en esa habitación, más que en su cuarto. Le gustaba porque era donde más acompañado podía estar. Al lado de la cocina escuchaba a la sirvienta hacer sus tareas, también estaba sus hermanos estudiando y su padre tocando a su lado era la única imagen de momento familiar que tenía. Su mirada se desvió un momento, una fotografía vieja, decorando el único mueble del lugar. Tomó el cuadro en sus manos, se quedó quieto admirando un recuerdo inexistente.
— Elize...
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Anthy estaba acostado, mirando la pared de forma pensativa, se le veía triste. Revisó su celular por décima vez, nada. Siente un olor familiar en el aire, té de limón. Su madre entraba tranquila y dejando el pocillo a un lado se sentó a su lado. Le besó la frente recostándose sobre él. Hacía tiempo no lo tenía en casa, pese a nunca admitirlo su ausencia era lo más difícil de asimilar.
— Mi pequeño, ¿por qué esa cara?
— Estoy pensando en muchas cosas mamá, quizás soy un tonto o aparento...no se...
— Tranquilo, sólo no te canses reflexionando con esa mentalidad, puedes pedirme ayuda en lo que sea. Lo sabes. —le acarició el cabello y luego suspirando agregó— Naya era igual, buscaba las soluciones sola, cuando en realidad estar acompañada siempre la llevó por buen camino.
— Mmm, recuerdo eso, la extraño mucho a veces.
— Yo también, y tu padre también. Pero, no pensemos en eso ahora, dime ¿qué pasó con Stayce?
— Me da miedo que lo sepas todo. —admitió resignado.
— Hazlo, pero eso no cambiará mucho, siento que me estás ocultando algo serio. Desde el accidente en el hospital, no estoy muy tranquila contigo...me preocupas hijo. —le dijo mientras lo tenía en sus brazos como podía.
— Lo siento, no quería eso, yo sólo estoy confundido, es todo. O sea, no es que quiera hacerlo pero no puedo negarme y no sé, si está bien o mal, si en realidad pierdo mi tiempo o soy muy tonto.
— Eres demasiado bueno, y nada egoísta, eso nunca trae nada grato. —se levantó y fue a la puerta cabizbaja— Yo también estoy confundida con algunas cosas Anthy, me preocupas demasiado...aunque ya eres mayor como para buscar una solución solo. Lo único que te diré, es que si alguien llega a hacerte daño, no respondo de mi.
— Mamá...—dijo sorprendido antes de verla salir.
Se quedó acostado, a veces le asustaba pensar que lo de los "contactos" era cierto. Si supiera, lo que estaba ocurriendo, no estaría tan segura como parecía. Además, el hecho que le reconociera que estaba preocupada, lo ponía mal, porque lo último que quería hacer era eso.
Nora se sentó en su cama, estiró su mano a un lado y luego la cerró en un puño. Hacía tiempo que lo venía sospechando, sabía quién le estaba haciendo eso a su hijo, pero le costaba creerlo. Necesitaría fuerza para decirlo, mucha, y estando sola era más difícil. Se levantó, miró por la ventana, no había nada.
— No va a venir. —no lloraba hacía diez años, menos lo haría entonces.
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Carol y Simón estaba hablando mientras tomaban un té, caliente la hindú, frío la argentina. Era extraña su relación, de muy buenas amigas, pero siempre era en momentos de crisis así que esa tarde tranquila era buena para variar. Hablaron de la escuela, una de cómo había extirpado un baso y la otra de un alumno que se había metido un lápiz por la garganta y la había vomitado encima. Podía llevar conversaciones poco agradable, pero conversaciones al fin.
— ¿Todo bien con Zed?
— Si, todo bien por ahora. —dijo sonriendo— ¿Tu?
— ¿Mmm?¿Yo? Nada, sola como siempre, preguntaba por costumbre...la verdad no me interesa. —dijo de mala gana mientras se notaba algo extraño en su mirada.
— Pensé que estabas saliendo con alguien...un amigo mio me dijo que te vi saliendo del cine con alguien y creí que..
— ¡Deja de decir tonterías! —se había levantado golpeando la mesa mientras su rostro lucía furioso.
— ¡¿Pero que te pasa?! —se levantó a su par y la enfrentó.
— Nada, nada, sólo que me molesta que las personas hagan esas suposiciones tan absurdas por algo tan ordinario como ir al cina, eso me pasa....estoy harta de esas estupideces y también estoy harta de que me ignores por el idiota...yo...—cuando se dio cuenta de lo dicho, por su falta de filtros debido a la falta de sueño, sólo tomó su bolso y encaró hacia la puerta.
— ¡Hey! ¡Simón espera! —la tomó del brazo, notando un leve temblor en el mismo— ¿¡De qué hablas?! Acaso has vuelto a...
— ¡Déjame sola! Demonios...—dice por lo bajo mientras se acomoda la camiseta.
— ¡Simón! —intentó abrir la puerta pero notó que la había trabado— ¡Simón vuelve! Vuelve...
Al abrir la puerta no vio a nadie, estaba asustada, esa chica siempre fue su mejor amiga, aunque debía reconocer que la quería por lo poco que la conocía. La mente de la argentina era un laberinto lleno de demonios. Eso, siempre la mantuvo alejada de todos, sólo Carol conocía los demonios.
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Estaban a punto de irse, el rubio tomó una mochila con algunas cosas y fue al auto. De pronto Nora le pide a Joseph si podía ayudarle con unas cajas de la cochera antes de irse, él acepta, se van. Al llegar a dicho lugar, la mujer cambia sus facciones y cierra la puerta bloqueándola con su propio cuerpo. Entonces levanta la mirada, sonriendo de una forma que enloquecería a cualquiera, si cabello cubría su mirada.
— Joseph, eres casi como un segundo hijo para mi, ese "casi" pone condiciones ¿sabes?
El joven no entendía a que venían ésas palabras, mucho menos su significado. Pudo notar, que a su alrededor no había ninguna caja.
— Lo único que tengo, que me queda, es a Anthony. ¿Eres consciente de ello?
— Si. Nora no entiendo, yo...
— Shh, déjame terminar antes de preguntar. —dijo en un tono que se debatía entre enojo y angustiado— Tu no tienes idea de lo que soy de capaz de hacer por él, no lo comprenderías tampoco. Porque yo entiendo que te suceden cosas con él, que haces "cosas" con él. Cómo así también, sé que él está enamorado de ti, sin importarle nada. Pero yo sé Joseph, y debes temerle a eso...si no lo quieres, sólo te aconsejaré que lo dejes de molestar o si no me conocerás como pocos son capaces de contar. Si lo quieres, te ruego...déjalo ir.
Al oír esas palabras, el inglés sintió una puntada en el pecho, no tenía en claro si era miedo o sólo se había quedado mudo. Sus puños se cerraron, para ocultar el temblor de sus manos. Por primera vez en años, no logró ocultar su inseguridad. Tenía la sospecha, sabía que escucharía ese discurso tarde o temprano. No tenía idea de qué decir.
— Si lo quieres, aunque sea como amigos, no lo lastimas más por favor. ¿Recuerdas que cuando se fueron a Londres te pedí que lo cuidaras? Bien, hoy veo que no lo has hecho. Estoy decepcionada, herida, y de ser necesario alejaría a Anthy de ti con tal de protegerlo...no quisiera llegar a esa instancia, no puedo. —hizo una pausa corta— Perdóname por tener que decirte esto...¡Golpéalo una vez más y juro que hablaré!
Se acercó a él y lo abrazó, con tanto dolor que se sentía como su voz se partía por continuar.
— Yo entiendo, él no, yo puedo actuar, él no. Si lo ves, si nos quieres al menos un poco, te ruego que lo dejes ir. Porque ambos sabemos, que tu nunca cambiarás.
Al pronunciar la última oración tan cerca de él, sintió que se quebraba, moría.
Hacía quince minutos que estaban en la autopista, las luces de la noche los acompañaban de forma fugaz. No había dicho nada desde que se despidieron de Nora, no parecía haber motivo para preguntar.
— Joe, necesito dormir, ¿no te molesta?
— No, tranquilo.
— Bien, este, perdona.
— No es moles...—entonces siente que le besa la mejilla, no logra reaccionar.
— Perdón.
Entonces el rubio se acuesta sobre su asiento mirando a través de la ventana y al poco tiempo se queda dormido. Su amigo lo ve, frena el auto, lo sigue observando. En un momento sale del auto.
— ¿Qué demonios estoy haciendo?¿Qué demonios hago? Yo, no quiero lastimarlo, ¿por qué lo hago? ¿por qué...
Sintió algo mojar su mano, miró confundido, estaba llorando.
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— ¡Seré tu amigo siempre! No llores más.
— ¿Lo dices en serio?
— Claro, es más, ¡lo prometo por todas mis canicas! —exclamo entusiasta.
— Entonces yo también seré tu amigo siempre. —sonrió apenas mientras juntaba las hojas e intentaba secarlas— ¡Te quiero Joe!
El pequeño niño de sólo seis años abrazó a su amigo, sin pensar en lo perdido, agradeció lo ganado. Los ojos negros, jamás habían sentido afecto de esa manera, correspondió al gesto y el verle el rostro tan contento al pequeño también sonrió.
— Yo también. —lo contuvo en sus brazos deseando siempre ser así de feliz.
Fue desde ese día, que Joseph se había enamorado de Anthony.
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Continuará
— El aire está algo frío, podría hacerte mal Anthy.
— Estoy bien. —respondió en un tono dudoso— Sólo tengo sueño pero si me duermo ahora no sé si me podré levantar.
— Bien, si te duermes te despertaré al llegar, de todas formas te dejaré con Nora y luego iré a ver a mi padre.
— Como quieras.
Y así estaba de conversador, y las cosas no parecían querer mejorar, sería un largo fin de semana. Siguieron camino, hora y media, entre paradas por los mareos del rubio para llegar a la pequeña ciudad en donde habían crecido. Miraban los edificios con melancolía, toda su infancia y adolescencia había transcurrido en ese lugar. Una paz, estaban en su hogar. Londres era una ciudad soñada, más aún para los chicos de pueblo como ellos. aunque la calma de las raíces no se le podía comparar.
Frenaron en un kiosco, Anthy ya no podía soportar más el movimiento del auto. Se sentó en una de las sillas del exterior, colocó su cabeza entre sus piernas y respiró profundo. Joe lo conocía pero entre todo lo ocurrido en los últimos días si estaba muy alerta. Se sentó a su lado, le acarició la espalda, con el tono más amable le preguntó.
— Podemos seguir a pie desde aquí, sólo son unas cuadras hasta llegar a tu casa, luego vendré por el auto.
— Espérame...un poco más. —tomó su inhalador y lo usó, no quería llegar y ver a su madre todo agitado.
Se quedaron allí hasta que la cara del rubio tomó más color, su amigo compró una gaseosa y mientras caminaban iba tomando sorbo y sorbo. Saludaron a muchos conocidos y viejos amigos, su camino fue más largo de lo esperado. Al llegar a la casa color celeste ambos se chequearon, para dar una buena impresión como siempre. Llamaron al timbre.
La mujer de cabello lacio abrió y al verlos emitió un notorio grito de alegría mientras los tomaba a un abrazo fuerte.
— ¡¡¡Mis chicos!!! —emocionada los miraba— No avisaron que vendrían, les tendría algo preparado, estoy hecha un desastre, deberían avisar y no se qué cocinar...—ya estaba con su parloteo habitual.
— Ya mamá, no hay problema. —la abrazó fuerte, cuando al sentir como lo palpó se alejó algo avergonzado.
— Estás muy flaco Anthy, vamos entren, en un rato ya les tendré algo preparado. Tan perdidos en el estudio deben olvidarse hasta de comer.
Los regañaba al tiempo que su sonrisa permanecía, eran sus niños y lo seguirían siendo. Sin poder negarse, porque no quería ofender a la mujer, se quedaron. Anthy se fue a su cuarto, tenía mucho sueño y ya lo había cansado Nora con que se fuera a dormir después lo llamaría. Quedaron en la cocina Joe y Nora.
Él la miraba embelesado, cada movimiento, mientras se sostenía la cabeza con una de sus manos sus ojos sólo podía concentrarse en ella.
Nadie lo sabía, pero Nora era lo más cercano a una madre que el joven inglés había tenido. Sí, recordaba a su madre, pero habiendo muerto cuando él sólo tenía ocho años no le había dejado muchas imágenes. Así que ese vacío era llenado estando con Nora, desde que conoció a Anthy y se hizo amigo de él, la mujer siempre lo había tratado como un hijo más.
— ¿Cómo te está llendo Joseph?
— Bien, tengo algunas complicaciones en dos o tres materias pero las sacaré, estoy seguro. ¿Aquí? —dijo mientras a un seña de ella se levantó y busco los condimentos de la repisa para alcanzárselos.
— Tranquilo, mis amigas están todas en crisis de "no se qué hacer con mi vida" pero yo estoy bastante joven para pensar en eso aún. —dijo bromeando mientras movía la salsa— Estaba pensando en comenzar unas clases de pintura.
— ¿Nunca te quedas quieta no? —dijo sonriendo mientras le daba el tarro.
— Me volvería una molestia si hiciera eso, además si aprovechas tu mente tu cuerpo se sentirá mejor.
Volvieron al silencio, ese olor tan particular de comida casera logró despertar el apetito de todos en la casa. En cuanto faltaban unos minutos para que estuviera listo Nora le pidió a su niño mayor que fuera a despertar al otro así ponían la mesa.
Joseph caminó por el pasillo, la última puerta era la del cuarto de su amigo, si conocía esa casa. Entró al cuarto, todo estaba como siempre, realmente no era nada descuidada en la limpieza. Fue al lado de Anthy re dormido y en un posición rara para parecer cómoda. Le acarició el cabello, un gesto de ternura nada convincente para cualquiera que lo conociera. Volvió a su seriedad.
— Anthy, arriba, vamos a comer...Anthy...—le tocó la frente un momento, estaba bien, algo frío. Quizás estaba con presión baja como le pasaba a Simón.
— Ya voy, mamá no molestes. —dijo durmiendo y quitando su mano de encima.
— No soy tu madre, tonto. —dijo juguetón y comenzó a hacerle cosquillas, como si el tiempo no corriera, volvieron a ser los niños de antes.
Mientras jugaban se olvidaron de los problemas, ambos reían contentos con su ignorancia, tan inocente por entonces. Un ruido sobre la puerta los hace volver a ser adultos y frente la mirada y sonrisa de la mujer.
— Dejen de jugar y vengan a ayudar, ustedes nunca cambian. —se fue riendo mientras movía su cuchara.
Los chicos se vieron, estaban despeinados, uno encima del otro como si hubieran jugado a la guerra (o a la mancha guata). Joseph se levantó más tranquilo al ver que Anthy aún era humano y no ese robot que lo acompañó todo el viaje hasta allí. Lo miró fijo, parecía tener más vida en su rostro, se alegró. El rubio al notar que lo miraba trato de disimular su vergüenza y se levantó pronto pasando al pasillo con rapidez.
Comieron tranquilos, luego Joseph se fue prometiendo pasar más tarde, aún cuando Nora le ofreció pasar la noche con ellos él sólo la saludó negando a su pedido. Ahora vendría la parte más difícil para el chico de ojos negros.
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— Dime ¿está cada vez peor no? —dijo con un triste sonrisa, estaba redimido a lo que ocurría, pero aún con los años le costaba creerlo.
— Y si, pero tranquilo Joseph, al menos está más tranquilo. El médico le dio un nuevo calmante, no queda inmóvil aunque admito que he dormido más con la seguridad de no tenerlo nervioso.
— Entiendo, está bien, ya no hay de otra que verlo. ¿Dónde está?
Y cómo si fuera por causalidad un fino y escabroso acorde mal hecho en una melodía de poca práctica, quizás.
El joven puso su mejor cara, fue a la sala de estar, frente al viejo piano se hallaba su padre, o lo que quedaba de él. Era muy difícil verlo así, un hombre tan magnífico como lo fue, desvanecerse en medio de una oscuridad que sólo podía verse si se veía al pasado. Sus grande y arrugadas manos tocaban las teclas sin conocerlas, en su expresión se notaba su esfuerzo para recordar. Todo sería en vano.
Joseph se le acercó, lo abrazó apenas para luego levantarlo con cuidado esforzándose por verlo y que lo reconozca.
— Papá, soy Joseph, ¿me recuerdas no? —apenas lo sintió asentir pero sus ojos estaban muy distantes— Ven, este piano está desfinado, no te preocupes, ya estará mejor mañana.
— Tienes razón hijo, estará mejor mañana. —siempre respondía lo mismo.
— ¿Quieres que almorcemos juntos?
— Bueno...¿Y tu eres?¿un de mis estudiantes no?
— No, soy Joseph, tu hijo. Era malo en tus lecciones, el gen de la música se quedó en ti. —le repitió como las mil veces anteriores.
— Cierto, cierto, luego recuérdame que debo preparar la tarea de los chicos.
— Claro, tu descuida.
Lo llevaba con paciencia, a paso lento por los pasillos de la casa, llegaron a la cocina y Joe se puso a cocinar para darle el día libre a Amy. No comería, pero debía asegurarse que su padre sí lo hiciera. Luego lo acostó y se quedó un rato en la habitación biblioteca, hacía más de diez años ese lugar no era sólo un depósito de libros, también era el refugio de la tan olvidada madre del joven.
Lamentaba admitir, que no recordaba mucho de ella, que no sabía si la extrañaba o si sólo se sentía triste. Había sido el último de tres hermanos, siendo sus padres muy mayores y sus hermanos demasiados desinteresados, nunca había tenido mucho cariño familiar. Era el único que aún se ocupaba y visitaba a su padre.
Fausto Monroe, fue muy reconocido por todos los aristócratas de la alta sociedad, un dotado e intelectual hombre dedicado a su música. Era un excelente compositor, como así también maestro, todos los que aprendieron con él terminaron siendo grandes amantes y creadores; todos excepto sus propios hijos, el que más lo intento en un esfuerzo por un halago fuera de "eres muy inmaduro, pero se entiende" fue Joseph. Siempre admirando a su padre, siempre le envidió porque pese a que compartía su amor por la música era claro que sus manos no eran heredadas de él.
— Fui muy inútil, una molestia para ellos, esto es lo menos que puedo hacer. —se dijo mientras miraba las hojas de las últimas composiciones que había hecho, las incompletas.
Apenas él se había ido a estudiar, su padre cayó enfermo, en sus últimas visitas se notaba que había algo mal en él. Cuando por fin lo convenció de ir al médico fue que las cosas empeoraron. La enfermedad que tenía, lo iría consumiendo de a poco, hasta llevarlo a la tan temida nada que evitaba desde la muerte de su tan querida esposa. Su mente lo abandonaría, dejando sólo un envase bizarro y vacío del hombre que alguna vez vivió a través de él.
— Me pregunto, si la justicia existe, ¿una persona merece terminar tan mal? Ya ni siquiera puede tocar dos notas como antes, ya no puede tocar aún cuando se lo prometió. Creo...que lo ha olvidado.
Se fue a la sala, encendió un cigarrillo. El piano estaba afinado, siempre lo mantenía en perfectas condiciones, quizás un hábito sin sentido. Recordaba cuando era niño, solía pasarse horas en esa habitación, más que en su cuarto. Le gustaba porque era donde más acompañado podía estar. Al lado de la cocina escuchaba a la sirvienta hacer sus tareas, también estaba sus hermanos estudiando y su padre tocando a su lado era la única imagen de momento familiar que tenía. Su mirada se desvió un momento, una fotografía vieja, decorando el único mueble del lugar. Tomó el cuadro en sus manos, se quedó quieto admirando un recuerdo inexistente.
— Elize...
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Anthy estaba acostado, mirando la pared de forma pensativa, se le veía triste. Revisó su celular por décima vez, nada. Siente un olor familiar en el aire, té de limón. Su madre entraba tranquila y dejando el pocillo a un lado se sentó a su lado. Le besó la frente recostándose sobre él. Hacía tiempo no lo tenía en casa, pese a nunca admitirlo su ausencia era lo más difícil de asimilar.
— Mi pequeño, ¿por qué esa cara?
— Estoy pensando en muchas cosas mamá, quizás soy un tonto o aparento...no se...
— Tranquilo, sólo no te canses reflexionando con esa mentalidad, puedes pedirme ayuda en lo que sea. Lo sabes. —le acarició el cabello y luego suspirando agregó— Naya era igual, buscaba las soluciones sola, cuando en realidad estar acompañada siempre la llevó por buen camino.
— Mmm, recuerdo eso, la extraño mucho a veces.
— Yo también, y tu padre también. Pero, no pensemos en eso ahora, dime ¿qué pasó con Stayce?
— Me da miedo que lo sepas todo. —admitió resignado.
— Hazlo, pero eso no cambiará mucho, siento que me estás ocultando algo serio. Desde el accidente en el hospital, no estoy muy tranquila contigo...me preocupas hijo. —le dijo mientras lo tenía en sus brazos como podía.
— Lo siento, no quería eso, yo sólo estoy confundido, es todo. O sea, no es que quiera hacerlo pero no puedo negarme y no sé, si está bien o mal, si en realidad pierdo mi tiempo o soy muy tonto.
— Eres demasiado bueno, y nada egoísta, eso nunca trae nada grato. —se levantó y fue a la puerta cabizbaja— Yo también estoy confundida con algunas cosas Anthy, me preocupas demasiado...aunque ya eres mayor como para buscar una solución solo. Lo único que te diré, es que si alguien llega a hacerte daño, no respondo de mi.
— Mamá...—dijo sorprendido antes de verla salir.
Se quedó acostado, a veces le asustaba pensar que lo de los "contactos" era cierto. Si supiera, lo que estaba ocurriendo, no estaría tan segura como parecía. Además, el hecho que le reconociera que estaba preocupada, lo ponía mal, porque lo último que quería hacer era eso.
Nora se sentó en su cama, estiró su mano a un lado y luego la cerró en un puño. Hacía tiempo que lo venía sospechando, sabía quién le estaba haciendo eso a su hijo, pero le costaba creerlo. Necesitaría fuerza para decirlo, mucha, y estando sola era más difícil. Se levantó, miró por la ventana, no había nada.
— No va a venir. —no lloraba hacía diez años, menos lo haría entonces.
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Carol y Simón estaba hablando mientras tomaban un té, caliente la hindú, frío la argentina. Era extraña su relación, de muy buenas amigas, pero siempre era en momentos de crisis así que esa tarde tranquila era buena para variar. Hablaron de la escuela, una de cómo había extirpado un baso y la otra de un alumno que se había metido un lápiz por la garganta y la había vomitado encima. Podía llevar conversaciones poco agradable, pero conversaciones al fin.
— ¿Todo bien con Zed?
— Si, todo bien por ahora. —dijo sonriendo— ¿Tu?
— ¿Mmm?¿Yo? Nada, sola como siempre, preguntaba por costumbre...la verdad no me interesa. —dijo de mala gana mientras se notaba algo extraño en su mirada.
— Pensé que estabas saliendo con alguien...un amigo mio me dijo que te vi saliendo del cine con alguien y creí que..
— ¡Deja de decir tonterías! —se había levantado golpeando la mesa mientras su rostro lucía furioso.
— ¡¿Pero que te pasa?! —se levantó a su par y la enfrentó.
— Nada, nada, sólo que me molesta que las personas hagan esas suposiciones tan absurdas por algo tan ordinario como ir al cina, eso me pasa....estoy harta de esas estupideces y también estoy harta de que me ignores por el idiota...yo...—cuando se dio cuenta de lo dicho, por su falta de filtros debido a la falta de sueño, sólo tomó su bolso y encaró hacia la puerta.
— ¡Hey! ¡Simón espera! —la tomó del brazo, notando un leve temblor en el mismo— ¿¡De qué hablas?! Acaso has vuelto a...
— ¡Déjame sola! Demonios...—dice por lo bajo mientras se acomoda la camiseta.
— ¡Simón! —intentó abrir la puerta pero notó que la había trabado— ¡Simón vuelve! Vuelve...
Al abrir la puerta no vio a nadie, estaba asustada, esa chica siempre fue su mejor amiga, aunque debía reconocer que la quería por lo poco que la conocía. La mente de la argentina era un laberinto lleno de demonios. Eso, siempre la mantuvo alejada de todos, sólo Carol conocía los demonios.
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Estaban a punto de irse, el rubio tomó una mochila con algunas cosas y fue al auto. De pronto Nora le pide a Joseph si podía ayudarle con unas cajas de la cochera antes de irse, él acepta, se van. Al llegar a dicho lugar, la mujer cambia sus facciones y cierra la puerta bloqueándola con su propio cuerpo. Entonces levanta la mirada, sonriendo de una forma que enloquecería a cualquiera, si cabello cubría su mirada.
— Joseph, eres casi como un segundo hijo para mi, ese "casi" pone condiciones ¿sabes?
El joven no entendía a que venían ésas palabras, mucho menos su significado. Pudo notar, que a su alrededor no había ninguna caja.
— Lo único que tengo, que me queda, es a Anthony. ¿Eres consciente de ello?
— Si. Nora no entiendo, yo...
— Shh, déjame terminar antes de preguntar. —dijo en un tono que se debatía entre enojo y angustiado— Tu no tienes idea de lo que soy de capaz de hacer por él, no lo comprenderías tampoco. Porque yo entiendo que te suceden cosas con él, que haces "cosas" con él. Cómo así también, sé que él está enamorado de ti, sin importarle nada. Pero yo sé Joseph, y debes temerle a eso...si no lo quieres, sólo te aconsejaré que lo dejes de molestar o si no me conocerás como pocos son capaces de contar. Si lo quieres, te ruego...déjalo ir.
Al oír esas palabras, el inglés sintió una puntada en el pecho, no tenía en claro si era miedo o sólo se había quedado mudo. Sus puños se cerraron, para ocultar el temblor de sus manos. Por primera vez en años, no logró ocultar su inseguridad. Tenía la sospecha, sabía que escucharía ese discurso tarde o temprano. No tenía idea de qué decir.
— Si lo quieres, aunque sea como amigos, no lo lastimas más por favor. ¿Recuerdas que cuando se fueron a Londres te pedí que lo cuidaras? Bien, hoy veo que no lo has hecho. Estoy decepcionada, herida, y de ser necesario alejaría a Anthy de ti con tal de protegerlo...no quisiera llegar a esa instancia, no puedo. —hizo una pausa corta— Perdóname por tener que decirte esto...¡Golpéalo una vez más y juro que hablaré!
Se acercó a él y lo abrazó, con tanto dolor que se sentía como su voz se partía por continuar.
— Yo entiendo, él no, yo puedo actuar, él no. Si lo ves, si nos quieres al menos un poco, te ruego que lo dejes ir. Porque ambos sabemos, que tu nunca cambiarás.
Al pronunciar la última oración tan cerca de él, sintió que se quebraba, moría.
Hacía quince minutos que estaban en la autopista, las luces de la noche los acompañaban de forma fugaz. No había dicho nada desde que se despidieron de Nora, no parecía haber motivo para preguntar.
— Joe, necesito dormir, ¿no te molesta?
— No, tranquilo.
— Bien, este, perdona.
— No es moles...—entonces siente que le besa la mejilla, no logra reaccionar.
— Perdón.
Entonces el rubio se acuesta sobre su asiento mirando a través de la ventana y al poco tiempo se queda dormido. Su amigo lo ve, frena el auto, lo sigue observando. En un momento sale del auto.
— ¿Qué demonios estoy haciendo?¿Qué demonios hago? Yo, no quiero lastimarlo, ¿por qué lo hago? ¿por qué...
Sintió algo mojar su mano, miró confundido, estaba llorando.
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— ¡Seré tu amigo siempre! No llores más.
— ¿Lo dices en serio?
— Claro, es más, ¡lo prometo por todas mis canicas! —exclamo entusiasta.
— Entonces yo también seré tu amigo siempre. —sonrió apenas mientras juntaba las hojas e intentaba secarlas— ¡Te quiero Joe!
El pequeño niño de sólo seis años abrazó a su amigo, sin pensar en lo perdido, agradeció lo ganado. Los ojos negros, jamás habían sentido afecto de esa manera, correspondió al gesto y el verle el rostro tan contento al pequeño también sonrió.
— Yo también. —lo contuvo en sus brazos deseando siempre ser así de feliz.
Fue desde ese día, que Joseph se había enamorado de Anthony.
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Continuará
miércoles, 7 de marzo de 2012
Música
La música inundaba la humilde habitación, el amanecer parecía ir más lento de lo normal, la dulce pero energizante melodía daba una sensación de paz tan grande que hasta el más cansado de los hombres despertaba sin queja alguna.
Un joven estaba estirándose frente a su ventana, abrió las cortinas, dejándose llevar por las notas que pasaban por su mente. Joseph fue criado por un gran pianista, pero pese a no tener talento tocando siempre le quedó la costumbre de ver las partituras jugar por sus ojos siguiendo la música que mil veces había disfrutado. Era algo mágico, lo único que tenía para poder sentir que de alguna forma se expresaba.
Llevaba sólo unos jeans oscuros y su torso descubierto denotaba que no era ningún vago. Se fue a la cocina, comenzó a preparar algo para desayunar, cuando siente que su celular suena. Lo más extraño es que no encontraba a dónde lo había dejado. La voz de un rubio pasado de sueño se escucha desde su habitación.
— ¡¡Joe!! ¡Te llaman desde tu casa! —gritó el ruso a la par que corría a alcanzarle el teléfono.
— ¡Dame eso Anthony! —dijo algo nervioso que le atendiera, pero estaría semi dormido de seguro. Comenzó a hablar y en un momento le dice por lo bajo a su compañero— ¿Puedes terminar el desayuno?, dejé la sartén en el fuego.
— Claro, habla tranquilo. —le dice con los labios y se va a la cocina.
El rubio se fue a terminar, cuando estuvo todo listo por fin volvió a ver a su amigo asomarse, aunque se cara denotaba cierta duda. Y eso en alguien tan poco desmostrativo como él era de extrañar.
— ¿Está todo bien Joe?
— Si, sólo era la enfermera que cuidad de papá, tu sabes algunas cosas y eso...—hace un leve silencio, come sus huevos y luego le dice a Anthy sin disimular nada— ¿Has llamado a Nora últimamente?
— Si, está bien, pero creo que debería ir a visitarla este fin de semana. —hizo una breve pausa— ¿Quieres venir conmigo? Ya de paso podrías estar en tu casa, podemos ir a tomar algo y tu sabes. Hace tiempo no vamos juntos.
— Si, creo que iré. Pero ni pienses que iremos en autobus, sacaré el auto de mi padre del estacionamiento. —dice serio.
— Mejor, siempre...
— Te mareas en viajes largos, lo sé. Por eso será más cómodo.
Anthy sonrió por lo bajo, pensando, que se estaba preocupando por él. Aunque sea una vez parecía que lo haría. Terminaron de desayunar, se vistieron y salieron sin decirse nada.
Se habían confundido de remera y al llegar a la universidad no se habían dado cuenta.
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Se veía la figura de una niña corriendo de un lado al otro de su cuarto buscando ropa limpia que ponerse. Se le había hecho tarde de nuevo, la echarían si seguía así. No tenía tiempo de preocuparse por Anthy y su continua ausencia, pero si era molesto ya que ella se había quedado hasta tarde esperándolo, a veces llegaba a ponerse seria al pensar que quizás debía dejar de preocuparse por él. Iba al ritmo desaforada mientras gritaba y maldecía a los cuatro vientos.
Llegó a ponerse un vestido fucsia, dos media de un color similar y un sombrero con orejas de oso. Salió furiosa golpeando la puerta, volvió a entrar a buscar su mochila del olvido y se bajó de un solo golpe por el barandal de la escalera. Se cruzó al portero que la miraba cubriéndose con su escoba mientras la saludaba sin esperar repuesta.
— Maldito Anthony. —llegó a decir mientras corría por la calles con un aura tan fuerte que la gente se quitaba de su camino.
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Era su día libre, no haría nada, nada, nada, más que estar en esa cama tan cómoda y tan llena del olor de él. De pronto un leve melodía llega ella, siente unos brazos tomarla desprevenida.
— Vamos, levántate, quiero que salgamos antes que tenga que irme.
— Es mi día libre, déjame dormir un poco más. —le pidió con una sonrisa.
— Hooo hooo hooo hooooooo...—le tarareaba en su oído mientras la levantaba con él.
— Zed, eres tan...tan...molest—decía aún inconsciente cuando siente como la levanta y casi caen al suelo— ¡Ten cuidado! ¡Vamos a romper algo! —dijo riendo.
— ¡Rompamos todo! —su ánimo matutino le sorprendía a la hindú, comenzó a mecerla en sus brazos al ritmo de la suave voz de Jones.
— No me gusta bailar.
— Y a mi me encanta.
— Sunrise...
— Sunrise...
Siguieron así hasta que el inglés se cansó, se vistieron y salieron a desayunar afuera. La verdad parecía un día muy lindo, aunque las nubes grises y los relámpagos estuvieran por doquier, para la joven pareja todo estaba de color rosa. Eso es lo que los enamorados ignoran, por la hormonas o los sentimientos, que su mente deja de ser racional y las preocupaciones se alejan tanto...que suelen olvidarse sin querer.
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Iba caminando con su campera estilo militar, cubierta con una capucha iba pensando cabizbaja, no escuchaba nada más que su música. Iba por un camino de piedras, no veía a la calle más que para cruzar entre cuadras, le daba miedo pensar que estaba afuera. Agorafobia no era un buen término, porque técnicamente estaba afuera y no estaba en un ataque de pánico. Aunque estaba cerca.
Sacó un cigarro, hacía tiempo no fumada pero daba la ocasión un vicio ligero no le haría mal. Había estado caminando toda la noche, en parte por su manía de vencer los obstáculos y temores sola, y por otro lado su insistente sentimiento de enojo relativamente nuevo. No quería admitir sus celos, le parecía demasiado infantil para alguien de su edad, en realidad siempre se juntaba con gente más chica que ella y eso le hacía pensar que era inmadura. Pese a que una cosa no debe modificar en otra, los pensamientos en su cabeza se rebuscaban una y otra vez con tanta fuerza mas preguntas innecesarias que se quedó congelada en medio de la calle sin notarlo. Una motocicleta, similar a la suya estaba a punto de pasarla por delante cuando frena de forma tan abrupta que Simón pega un pequeño salto por el cual termina en el suelo. Levanta la vista, una mano le era ofrecida como un regalo, la tomó con confianza.
— Disculpe, es mi culpa, no me...—sostuvo la mano, el anillo en ella, levantó la mirada y cayéndose su capucha se reconocieron.
— No existen las casualidades ¿no? —sonrió con su picardía natural— Ven, estás tan volada que será mejor que me asegure que llegues bien a casa.
— Fiamma. —llegó a musitar antes de que sus mejillas se tornaran rojas y soltara aquella mano tan femenil con vergüenza de sí.
— Ya Simy, no hay problema, tienes suerte que haya sido yo y no otro quien te haya cruzado. Tomemos algo, no te intimides como siempre. —la tomó un segundo del mentón para verla mejor, su mirada era tan intensa como el fuego y la argentina sólo podía bajar mirada con ilusiones falsas.— ¿Por qué andas caminando?
— Salí a caminar anoche, para despejarme y aún no he tenido ganas de regresar.
— Estás loca, bien, quieras o no te llevaré así que deja de hacerme perder tiempo y sube.
Se fueron juntas, dos conocidas de tiempo y algo más.
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¿Por qué no contestaba? ¿Por qué no lo llamaba?
Anthy llegó a casa, en su camino esas dos preguntas estaban tan repetidas en su interior que comenzaba a dudar de quién era la voz que las evocaba. Entró a su departamento lleno de papeles, tarea atrasada que no podía esperar más. Pero una sorpresa lo aguardaba adentro. Al mejor estilo de película, Stay lo miraba con cara de asesina mientras jugaba con la luz del velador junto al sillón donde estaba sentada.
— ¿Todo bien Stacey? —preguntó sin darse cuenta de nada.
— Si Anthony, todo bien. —era inútil fingir en ella, sólo era falsa.
— ¿Anthony? —dijo alzando el rostro sobre su trabajo y al verla sólo esbozó una sonrisa nerviosa— ¿Qué hice?
— Nada.
— Yo no creo que nada. —dejó las cosas en la mesita de la cocina y fue con ella, se sentó a su lado— ¿Es por lo de ayer verdad?
— Debería vivir solo, al menos así preocuparías menos gente. —se levanta enojada y triste de tener que decirle eso, no le gustaba pelear. Se encerró en su cuarto y puso música a todo volumen para no escucharlo más. Estaba harta de sus excusas.
El ruso suspiró por lo bajo, estaba perdiendo el control, pasó sus manos por su rostro para que no lo atrapara el sueño y se levantó. Sería mejor terminar con el trabajo primero y arreglar las cosas después.
Mientras en su cuarto, mientras dibujaba historias de gente asesina (cosa usual en ella para expresar sus emociones de instinto violento), la pequeña pelirroja susurró:
— I'll go crazy...if I don't go crazy tonight........—pequeño silencio, una cuerda sobre un cuello de mina de carbón— ... idiot...
Estaba enojada, demasiado y debía liberar toda esa energía o terminaría peor. Se cambió, se ató una cola en su incorregible cabello, tomó un bolso metió algunas cosas. Salió de su cuarto, en plena furia a escapar de sí misma. Su compañero la llegó a mirar antes de que saliese y se le acercó obstruyéndole el camino.
— ¿¡A dónde te crees que vas a esta hora?! Y un día de semana, Stay no...
— ¿No qué? —dijo alzando sus cejas desafiante— Si tu haces lo que quieres, distorsionas las reglas y todo siempre esta "bien" ¿por qué no puedo hacerlo eh?
— Vamos no te alteres así, no quise pero estaba muy ocupado y...
— ¡¡Llamé a Simón y nadie contestó!! —saltó fúrica sorprendida, le estaba mintiendo y lo hacía demasiado bien a su gusto.
El rubio se quedó callado, no había contado con avisarle a Simón y era raro que no estuviera con el celular encima. Al notar la lágrimas fáciles de la joven no supo que decir, lo último de lo cual tuvo conciencia fue de un portazo fuerte y que hizo eco en todo su cuerpo por horas.
Entonces la voz en su cabeza repitió...
¿Por qué no contestaba? ¿Por qué no lo llamaba?
Algo se quebró en su interior, algo murió, un leve vacío. Nadie lo notaría, sólo una persona lo sabía...sólo una persona estaba tan rota como él en esos tiempos.
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— ¡¡Maldito imbécil impotente deficiente y tonto hombre abre la maldita puerta!!
— ¿A qué debo estos cumplidos de media noche? —pregunta pegado a la puerta con cara calma pero con un miedo interior bastante grande.
— Deja de hacer el idiota, ¿qué pasó con Anthy en su casa?
— ¿De qué hablas? En serio Sim, no sé de qué hablas y no pienso abrir hasta que te expliques.
— Stayce lo dejó solo y volvió a su casa en Essex. —se explicó cuando al sentir la traba de la puerta abrirse, al ver un pequeño espacio se metió y comenzó a mirar al pobre inglés con cara de asesina serial.
— Te juro, por mi padre, que no tengo idea de qué paso. No fue mi culpa seguro.
Lo miró tan fijamente que Joe cambió su expresión neutra a miedo pero no dejaba ver mentira alguna, porque no la había. La joven se convenció de ello y dejó de presionar. Se dirigió a la cocina de él, se sentó. Suspiró y dijo:
— Se han excedido Joseph, tanto tu como Anthony.
— ¿A qué te refieres? —preguntó mientras se sentaba frente a ella más calmo pero con la duda de lo que le había contado. La pequeña pelirroja parecía llevarse bien con Anthy, o eso le decía todo el mundo.
— Stayce es responsabilidad de Anthony, ¿sabes?. Ella siempre soporta que se vaya sin decir dónde o por cuento tiempo, pero las personas nos cansamos del misterio...y creo que ella se cansó.
— ¿Cómo está él?
— No me estás escuchando, maldito imbécil. —murmura y ya más altiva intenta hacerlo entender— Joe, ¿no te sentiría solo o abandonado si Anthy te dejara de lado continuamente?
— Si. —iba tomando forma.
— Bien, yo sé, te lo aseguro, que Stayce lo ama como un hermano. A veces, o quizás sin saberlo, lastimas a las personas con tu egoísmo. Porque dejarla sola de noche, escaparse para encontrarse contigo, guardarle secretos de ese tipo...debe sentirse muy mal...y ante eso cualquier huiría.
— Tu nunca has hecho eso...siempre luchas hasta que lo ves inútil, te destruyes en el camino. —dijo serio pensando.
Pasaron unos minutos, Joe prendió un cigarro y se desquitó con él. Cuando iba por el tercero Simón se lo arrebató y terminándolo tomó su bolso y se dirigió a la puerta. Antes de cerrarla le dejaría una pregunta:
— Él está muy triste, la quiere mucho y lo mantenía conectado en muchas cosas...Joseph...piensa...¿se merece tanto sufrimiento por ti? —cerró la puerta pensando, ya no podría retirar lo que había dicho.
El inglés miraba por la ventana de su cocina, en dos días viajaría con Anthy, debía estar bien ya que él mismo propuso el viaje. Esperaba que él lo dejara pero sabía que eso no pasaría. No entendía, en realidad, no quería admitir que era en parte su culpa lo que pasó con la pelirroja. Comprendía a la perfección la relación que llevaba su amigo con ella, aunque su propia relación jamás tuvo definición.
El tiempo pasaba lentamente por su reloj, sus reflexiones lo llevó a buscar un paquete más de cigarrillos.
— No quiero lastimarlo y lo hago, no quiero que me complique la vida pero yo se la complico a él. No quiero que deje nada por mi y sin embargo....siempre que lo necesito deja todo. Cada vez que lo llamo, como si fuera un maldito idiota acepta mis propuestas....creo que lo odio...¿¡por qué debe ser tan bueno conmigo?! —apretó con furia su puño— Porque está enamorado de mi. —se respondió con pesadez.
Siguió caminando hasta llegar al departamento de él. Sabía que en cuanto cruzara la puerta, lo viera, no podría resistirse. Jamás lo diría, jamás sería tan valiente, seguiría jugando con él esperando que se cansase y lo dejara. Cada vez dudaba más que eso ocurriera, preguntándose quién era el tonto. Desde que tenía memoria siempre había querido a Anthy, como amigo, como compañero, como muchas cosas...¿desde cuando le dejó de importarte su bien?¿desde cuando lo había comenzado a someter de esa forma?
— No quiero ser así. —apoyó una de sus manos sobre la puerta y la miró con tristeza en duda si tocar o no. Porque él...— Yo te necesito Anthy.
Dijo y cerró sus ojos con tristeza, no sabía cómo ser lo mejor para él, no sabía como decirle lo que sentía, no sabía cómo evitar convertirse en un ser tan despreciable para él. Le daba vergüenza, lástima, era patético. Pensó en hacerlo una vez más, terminar con él y alejarse...¿sería lo mejor? Quizás Anthy no lo necesitaba tanto como creía, era el más fuerte de los dos, al menos eso pensaba Joseph. Una voz en su cabeza susurró.
¿Estás enamorado de él? ¿Podría intentar ser mejor por él?
Dio un golpe involuntario a la puerta, abrió los ojos con enojo, la única respuesta era la que más le dolía...
— No puedo.
Entonces la puerta frente de él se abre y el rostro de la persona que tanto acosaba sus pensamientos apareció. Le sonrió como siempre, a pesar que por sus ojeras seguramente habría estado muy cansado y triste para hacerlo. Joe estuvo a punto de quebrarse cuando su orgullo lo envolvió y sólo atinó a preguntarle.
— ¿Cómo estás?
— Bien, ¿qué haces por aquí? —lo invitó a pasar.
— Nada, no sé, busco excusas para verte.
— Oh, bien, quédate entonces. —en sus ojos aparecía esa pequeña esperanza.
— Como quieras.
Lo odiaba por hacer eso, no podía, ser tan fuerte sólo por él. Le costaba creer que fuera humano con esa actitud tan cambiante. Debería estar confuso, sufriendo, pensando en cómo recuperar a Stayce y en su lugar sólo lo invitaba sin siquiera contarle de sus problemas. A veces creía que no le tenía confianza. En realidad, Anthy tampoco quería mostrar sus debilidades, más frente a él porque sólo quería cuidarlo.
Estuvieron un rato sin hacer mucho, cuando harto de la trivial conversación Joe se levanto alterado por la ira, sorprendiendo al rubio, lo tomó de la camiseta y le preguntó.
— ¿Por qué demonios estás tan bien? —dijo mientras sus manos temblaban.
— Tranquilo Joe, por favor, no...no...—se quedó mudo de miedo.
— ¿Por qué actúas como si todo estuviera bien? ¿Por qué nunca estás triste? ¿Por qué demonios no sales de mi cabeza? —se dio cuenta de lo último muy tarde, cuando al ver lo rojo que estaba Anthy frente a unas simples palabras no resistió y buscó algo de él.
Tan cual lo tenía sostenido acercó su rostro y lo besó ferozmente, no sabía como más, de no ser evocando la furia, podía hacer salir sus sentimientos para que él los viera. Era tan inocente, y él estaba tan perdido; que ante el miedo de perder su lazo, lo había convertido en una cadena. Una cadena que podía terminar con ambos, a menos que hiciera algo y sólo faltaba una cosa para que se decidiera...
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