sábado, 31 de marzo de 2012

Adiós _ primera parte

Estaban en el auto, mientras uno conducía (era el único que sabía), el otro se había apoyado sobre la ventana dando la espalda por completo. A su acompañante le llamaba la atención.


— El aire está algo frío, podría hacerte mal Anthy.


— Estoy bien. —respondió en un tono dudoso— Sólo tengo sueño pero si me duermo ahora no sé si me podré levantar.


— Bien, si te duermes te despertaré al llegar, de todas formas te dejaré con Nora y luego iré a ver a mi padre. 


— Como quieras.


Y así estaba de conversador, y las cosas no parecían querer mejorar, sería un largo fin de semana. Siguieron camino, hora y media, entre paradas por los mareos del rubio para llegar a la pequeña ciudad en donde habían crecido. Miraban los edificios con melancolía, toda su infancia y adolescencia había transcurrido en ese lugar. Una paz, estaban en su hogar. Londres era una ciudad soñada, más aún para los chicos de pueblo como ellos. aunque la calma de las raíces no se le podía comparar.
Frenaron en un kiosco, Anthy ya no podía soportar más el movimiento del auto. Se sentó en una de las sillas del exterior, colocó su cabeza entre sus piernas y respiró profundo. Joe lo conocía pero entre todo lo ocurrido en los últimos días si estaba muy alerta. Se sentó a su lado, le acarició la espalda, con el tono más amable le preguntó.


— Podemos seguir a pie desde aquí, sólo son unas cuadras hasta llegar a tu casa, luego vendré por el auto. 


— Espérame...un poco más. —tomó su inhalador y lo usó, no quería llegar y ver a su madre todo agitado. 


Se quedaron allí hasta que la cara del rubio tomó más color, su amigo compró una gaseosa y mientras caminaban iba tomando sorbo y sorbo. Saludaron a muchos conocidos y viejos amigos, su camino fue más largo de lo esperado. Al llegar a la casa color celeste ambos se chequearon, para dar una buena impresión como siempre. Llamaron al timbre. 
La mujer de cabello lacio abrió y al verlos emitió un notorio grito de alegría mientras los tomaba a un abrazo fuerte.


— ¡¡¡Mis chicos!!! —emocionada los miraba— No avisaron que vendrían, les tendría algo preparado, estoy hecha un desastre, deberían avisar y no se qué cocinar...—ya estaba con su parloteo habitual.


— Ya mamá, no hay problema. —la abrazó fuerte, cuando al sentir como lo palpó se alejó algo avergonzado.


— Estás muy flaco Anthy, vamos entren, en un rato ya les tendré algo preparado. Tan perdidos en el estudio deben olvidarse hasta de comer.


Los regañaba al tiempo que su sonrisa permanecía, eran sus niños y lo seguirían siendo. Sin poder negarse, porque no quería ofender a la mujer, se quedaron. Anthy se fue a su cuarto, tenía mucho sueño y ya lo había cansado Nora con que se fuera a dormir después lo llamaría. Quedaron en la cocina Joe y Nora.
Él la miraba embelesado, cada movimiento, mientras se sostenía la cabeza con una de sus manos sus ojos sólo podía concentrarse en ella.
Nadie lo sabía, pero Nora era lo más cercano a una madre que el joven inglés había tenido. Sí, recordaba a su madre, pero habiendo muerto cuando él sólo tenía ocho años no le había dejado muchas imágenes. Así que ese vacío era llenado estando con Nora, desde que conoció a Anthy y se hizo amigo de él, la mujer siempre lo había tratado como un hijo más.


— ¿Cómo te está llendo Joseph?


— Bien, tengo algunas complicaciones en dos o tres materias pero las sacaré, estoy seguro. ¿Aquí? —dijo mientras a un seña de ella se levantó y busco los condimentos de la repisa para alcanzárselos.


— Tranquilo, mis amigas están todas en crisis de "no se qué hacer con mi vida" pero yo estoy bastante joven para pensar en eso aún. —dijo bromeando mientras movía la salsa— Estaba pensando en comenzar unas clases de pintura.


— ¿Nunca te quedas quieta no? —dijo sonriendo mientras le daba el tarro.


— Me volvería una molestia si hiciera eso, además si aprovechas tu mente tu cuerpo se sentirá mejor. 


Volvieron al silencio, ese olor tan particular de comida casera logró despertar el apetito de todos en la casa. En cuanto faltaban unos minutos para que estuviera listo Nora le pidió a su niño mayor que fuera a despertar al otro así ponían la mesa.
Joseph caminó por el pasillo, la última puerta era la del cuarto de su amigo, si conocía esa casa. Entró al cuarto, todo estaba como siempre, realmente no era nada descuidada en la limpieza. Fue al lado de Anthy re dormido y en un posición rara para parecer cómoda. Le acarició el cabello, un gesto de ternura nada convincente para cualquiera que lo conociera. Volvió a su seriedad.


— Anthy, arriba, vamos a comer...Anthy...—le tocó la frente un momento, estaba bien, algo frío. Quizás estaba con presión baja como le pasaba a Simón.


— Ya voy, mamá no molestes. —dijo durmiendo y quitando su mano de encima.


— No soy tu madre, tonto. —dijo juguetón y comenzó a hacerle cosquillas, como si el tiempo no corriera, volvieron a ser los niños de antes.


Mientras jugaban se olvidaron de los problemas, ambos reían contentos con su ignorancia, tan inocente por entonces. Un ruido sobre la puerta los hace volver a ser adultos y frente la mirada y sonrisa de la mujer.


— Dejen de jugar y vengan a ayudar, ustedes nunca cambian. —se fue riendo mientras movía su cuchara.


Los chicos se vieron, estaban despeinados, uno encima del otro como si hubieran jugado a la guerra (o a la mancha guata). Joseph se levantó más tranquilo al ver que Anthy aún era humano y no ese robot que lo acompañó todo el viaje hasta allí. Lo miró fijo, parecía tener más vida en su rostro, se alegró. El rubio al notar que lo miraba trato de disimular su vergüenza y se levantó pronto pasando al pasillo con rapidez. 
Comieron tranquilos, luego Joseph se fue prometiendo pasar más tarde, aún cuando Nora le ofreció pasar la noche con ellos él sólo la saludó negando a su pedido. Ahora vendría la parte más difícil para el chico de ojos negros.


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Ya había guardado el auto en un estacionamiento cercano, subió los escalones del pórtico con poco ánimo y tocó timbre aún teniendo las llaves consigo. Esperó, Amy, la enfermera lo atendió tan cordial como siempre haciéndolo pasar y preguntándole sobre la vida. El joven le agradeció, se limitó a contestar lo más sereno posible. 


— Dime ¿está cada vez peor no? —dijo con un triste sonrisa, estaba redimido a lo que ocurría, pero aún con los años le costaba creerlo.


— Y si, pero tranquilo Joseph, al menos está más tranquilo. El médico le dio un nuevo calmante, no queda inmóvil aunque admito que he dormido más con la seguridad de no tenerlo nervioso.


— Entiendo, está bien, ya no hay de otra que verlo. ¿Dónde está?


Y cómo si fuera por causalidad un fino y escabroso acorde mal hecho en una melodía de poca práctica, quizás. 
El joven puso su mejor cara, fue a la sala de estar, frente al viejo piano se hallaba su padre, o lo que quedaba de él. Era muy difícil verlo así, un hombre tan magnífico como lo fue, desvanecerse en medio de una oscuridad que sólo podía verse si se veía al pasado. Sus grande y arrugadas manos tocaban las teclas sin conocerlas, en su expresión se notaba su esfuerzo para recordar. Todo sería en vano. 
Joseph se le acercó, lo abrazó apenas para luego levantarlo con cuidado esforzándose por verlo y que lo reconozca.


— Papá, soy Joseph, ¿me recuerdas no? —apenas lo sintió asentir pero sus ojos estaban muy distantes— Ven, este piano está desfinado, no te preocupes, ya estará mejor mañana.


— Tienes razón hijo, estará mejor mañana. —siempre respondía lo mismo.


— ¿Quieres que almorcemos juntos?


— Bueno...¿Y tu eres?¿un de mis estudiantes no? 


— No, soy Joseph, tu hijo. Era malo en tus lecciones, el gen de la música se quedó en ti. —le repitió como las mil veces anteriores.


— Cierto, cierto, luego recuérdame que debo preparar la tarea de los chicos.


— Claro, tu descuida.


Lo llevaba con paciencia, a paso lento por los pasillos de la casa, llegaron a la cocina y Joe se puso a cocinar para darle el día libre a Amy. No comería, pero debía asegurarse que su padre sí lo hiciera. Luego lo acostó y se quedó un rato en la habitación biblioteca, hacía más de diez años ese lugar no era sólo un depósito de libros, también era el refugio de la tan olvidada madre del joven. 
Lamentaba admitir, que no recordaba mucho de ella, que no sabía si la extrañaba o si sólo se sentía triste. Había sido el último de tres hermanos, siendo sus padres muy mayores y sus hermanos demasiados desinteresados, nunca había tenido mucho cariño familiar. Era el único que aún se ocupaba y visitaba a su padre. 
Fausto Monroe, fue muy reconocido por todos los aristócratas de la alta sociedad, un dotado e intelectual hombre dedicado a su música. Era un excelente compositor, como así también maestro, todos los que aprendieron con él terminaron siendo grandes amantes y creadores; todos excepto sus propios hijos, el que más lo intento en un esfuerzo por un halago fuera de "eres muy inmaduro, pero se entiende" fue Joseph. Siempre admirando a su padre, siempre le envidió porque pese a que compartía su amor por la música era claro que sus manos no eran heredadas de él. 


— Fui muy inútil, una molestia para ellos, esto es lo menos que puedo hacer. —se dijo mientras miraba las hojas de las últimas composiciones que había hecho, las incompletas.


Apenas él se había ido a estudiar, su padre cayó enfermo, en sus últimas visitas se notaba que había algo mal en él. Cuando por fin lo convenció de ir al médico fue que las cosas empeoraron. La enfermedad que tenía, lo iría consumiendo de a poco, hasta llevarlo a la tan temida nada que evitaba desde la muerte de su tan querida esposa. Su mente lo abandonaría, dejando sólo un envase bizarro y vacío del hombre que alguna vez vivió a través de él.


— Me pregunto, si la justicia existe, ¿una persona merece terminar tan mal? Ya ni siquiera puede tocar dos notas como antes, ya no puede tocar aún cuando se lo prometió. Creo...que lo ha olvidado.


Se fue a la sala, encendió un cigarrillo. El piano estaba afinado, siempre lo mantenía en perfectas condiciones, quizás un hábito sin sentido. Recordaba cuando era niño, solía pasarse horas en esa habitación, más que en su cuarto. Le gustaba porque era donde más acompañado podía estar. Al lado de la cocina escuchaba a la sirvienta hacer sus tareas, también estaba sus hermanos estudiando y su padre tocando a su lado era la única imagen de momento familiar que tenía. Su mirada se desvió un momento, una fotografía vieja, decorando el único mueble del lugar. Tomó el cuadro en sus manos, se quedó quieto admirando un recuerdo inexistente.


— Elize...


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Anthy estaba acostado, mirando la pared de forma pensativa, se le veía triste. Revisó su celular por décima vez, nada. Siente un olor familiar en el aire, té de limón. Su madre entraba tranquila y dejando el pocillo a un lado se sentó a su lado. Le besó la frente recostándose sobre él. Hacía tiempo no lo tenía en casa, pese a nunca admitirlo su ausencia era lo más difícil de asimilar.


— Mi pequeño, ¿por qué esa cara?


— Estoy pensando en muchas cosas mamá, quizás soy un tonto o aparento...no se...


— Tranquilo, sólo no te canses reflexionando con esa mentalidad, puedes pedirme ayuda en lo que sea. Lo sabes. —le acarició el cabello y luego suspirando agregó— Naya era igual, buscaba las soluciones sola, cuando en realidad estar acompañada siempre la llevó por buen camino.


— Mmm, recuerdo eso, la extraño mucho a veces. 


— Yo también, y tu padre también. Pero, no pensemos en eso ahora, dime ¿qué pasó con Stayce? 


— Me da miedo que lo sepas todo. —admitió resignado.


— Hazlo, pero eso no cambiará mucho, siento que me estás ocultando algo serio. Desde el accidente en el hospital, no estoy muy tranquila contigo...me preocupas hijo. —le dijo mientras lo tenía en sus brazos como podía.


— Lo siento, no quería eso, yo sólo estoy confundido, es todo. O sea, no es que quiera hacerlo pero no puedo negarme y no sé, si está bien o mal, si en realidad pierdo mi tiempo o soy muy tonto.


— Eres demasiado bueno, y nada egoísta, eso nunca trae nada grato. —se levantó y fue a la puerta cabizbaja— Yo también estoy confundida con algunas cosas Anthy, me preocupas demasiado...aunque ya eres mayor como para buscar una solución solo. Lo único que te diré, es que si alguien llega a hacerte daño, no respondo de mi.


— Mamá...—dijo sorprendido antes de verla salir.


Se quedó acostado, a veces le asustaba pensar que lo de los "contactos" era cierto. Si supiera, lo que estaba ocurriendo, no estaría tan segura como parecía. Además, el hecho que le reconociera que estaba preocupada, lo ponía mal, porque lo último que quería hacer era eso.


Nora se sentó en su cama, estiró su mano a un lado y luego la cerró en un puño. Hacía tiempo que lo venía sospechando, sabía quién le estaba haciendo eso a su hijo, pero le costaba creerlo. Necesitaría fuerza para decirlo, mucha, y estando sola era más difícil. Se levantó, miró por la ventana, no había nada.


— No va a venir. —no lloraba hacía diez años, menos lo haría entonces.


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Carol y Simón estaba hablando mientras tomaban un té, caliente la hindú, frío la argentina. Era extraña su relación, de muy buenas amigas, pero siempre era en momentos de crisis así que esa tarde tranquila era buena para variar. Hablaron de la escuela, una de cómo había extirpado un baso y la otra de un alumno que se había metido un lápiz por la garganta y la había vomitado encima. Podía llevar conversaciones poco agradable, pero conversaciones al fin.


— ¿Todo bien con Zed?


— Si, todo bien por ahora. —dijo sonriendo— ¿Tu?


— ¿Mmm?¿Yo? Nada, sola como siempre, preguntaba por costumbre...la verdad no me interesa. —dijo de mala gana mientras se notaba algo extraño en su mirada.


— Pensé que estabas saliendo con alguien...un amigo mio me dijo que te vi saliendo del cine con alguien y creí que..


— ¡Deja de decir tonterías! —se había levantado golpeando la mesa mientras su rostro lucía furioso. 


— ¡¿Pero que te pasa?! —se levantó a su par y la enfrentó.


— Nada, nada, sólo que me molesta que las personas hagan esas suposiciones tan absurdas por algo tan ordinario como ir al cina, eso me pasa....estoy harta de esas estupideces y también estoy harta de que me ignores por el idiota...yo...—cuando se dio cuenta de lo dicho, por su falta de filtros debido a la falta de sueño, sólo tomó su bolso y encaró hacia la puerta.


— ¡Hey! ¡Simón espera! —la tomó del brazo, notando un leve temblor en el mismo— ¿¡De qué hablas?! Acaso has vuelto a...


— ¡Déjame sola! Demonios...—dice por lo bajo mientras se acomoda la camiseta.


— ¡Simón! —intentó abrir la puerta pero notó que la había trabado— ¡Simón vuelve! Vuelve...


Al abrir la puerta no vio a nadie, estaba asustada, esa chica siempre fue su mejor amiga, aunque debía reconocer que la quería por lo poco que la conocía. La mente de la argentina era un laberinto lleno de demonios. Eso, siempre la mantuvo alejada de todos, sólo Carol conocía los demonios.


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Estaban a punto de irse, el rubio tomó una mochila con algunas cosas y fue al auto. De pronto Nora le pide a Joseph si podía ayudarle con unas cajas de la cochera antes de irse, él acepta, se van. Al llegar a dicho lugar, la mujer cambia sus facciones y cierra la puerta bloqueándola con su propio cuerpo. Entonces levanta la mirada, sonriendo de una forma que enloquecería a cualquiera, si cabello cubría su mirada.


— Joseph, eres casi como un segundo hijo para mi, ese "casi" pone condiciones ¿sabes?


El joven no entendía a que venían ésas palabras, mucho menos su significado. Pudo notar, que a su alrededor no había ninguna caja.


— Lo único que tengo, que me queda, es a Anthony. ¿Eres consciente de ello?


— Si. Nora no entiendo, yo...


— Shh, déjame terminar antes de preguntar. —dijo en un tono que se debatía entre enojo y angustiado— Tu no tienes idea de lo que soy de capaz de hacer por él, no lo comprenderías tampoco. Porque yo entiendo que te suceden cosas con él, que haces "cosas" con él. Cómo así también, sé que él está enamorado de ti, sin importarle nada. Pero yo sé Joseph, y debes temerle a eso...si no lo quieres, sólo te aconsejaré que lo dejes de molestar o si no me conocerás como pocos son capaces de contar. Si lo quieres, te ruego...déjalo ir.


Al oír esas palabras, el inglés sintió una puntada en el pecho, no tenía en claro si era miedo o sólo se había quedado mudo. Sus puños se cerraron, para ocultar el temblor de sus manos. Por primera vez en años, no logró ocultar su inseguridad. Tenía la sospecha, sabía que escucharía ese discurso tarde o temprano. No tenía idea de qué decir.


— Si lo quieres, aunque sea como amigos, no lo lastimas más por favor. ¿Recuerdas que cuando se fueron a Londres te pedí que lo cuidaras? Bien, hoy veo que no lo has hecho. Estoy decepcionada, herida, y de ser necesario alejaría a Anthy de ti con tal de protegerlo...no quisiera llegar a esa instancia, no puedo. —hizo una pausa corta— Perdóname por tener que decirte esto...¡Golpéalo una vez más y juro que hablaré!


Se acercó a él y lo abrazó, con tanto dolor que se sentía como su voz se partía por continuar. 


— Yo entiendo, él no, yo puedo actuar, él no. Si lo ves, si nos quieres al menos un poco, te ruego que lo dejes ir. Porque ambos sabemos, que tu nunca cambiarás.


Al pronunciar la última oración tan cerca de él, sintió que se quebraba, moría.




Hacía quince minutos que estaban en la autopista, las luces de la noche los acompañaban de forma fugaz. No había dicho nada desde que se despidieron de Nora, no parecía haber motivo para preguntar.


— Joe, necesito dormir, ¿no te molesta?


— No, tranquilo.


— Bien, este, perdona.


— No es moles...—entonces siente que le besa la mejilla, no logra reaccionar.


— Perdón.


Entonces el rubio se acuesta sobre su asiento mirando a través de la ventana y al poco tiempo se queda dormido. Su amigo lo ve, frena el auto, lo sigue observando. En un momento sale del auto.


— ¿Qué demonios estoy haciendo?¿Qué demonios hago? Yo, no quiero lastimarlo, ¿por qué lo hago? ¿por qué...


Sintió algo mojar su mano, miró confundido, estaba llorando.


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— ¡Seré tu amigo siempre! No llores más.


— ¿Lo dices en serio?


— Claro, es más, ¡lo prometo por todas mis canicas! —exclamo entusiasta.


— Entonces yo también seré tu amigo siempre. —sonrió apenas mientras juntaba las hojas e intentaba secarlas— ¡Te quiero Joe!


El pequeño niño de sólo seis años abrazó a su amigo, sin pensar en lo perdido, agradeció lo ganado. Los ojos negros, jamás habían sentido afecto de esa manera, correspondió al gesto y el verle el rostro tan contento al pequeño también sonrió.


— Yo también. —lo contuvo en sus brazos deseando siempre ser así de feliz. 


Fue desde ese día, que Joseph se había enamorado de Anthony.


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Continuará

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