La música inundaba la humilde habitación, el amanecer parecía ir más lento de lo normal, la dulce pero energizante melodía daba una sensación de paz tan grande que hasta el más cansado de los hombres despertaba sin queja alguna.
Un joven estaba estirándose frente a su ventana, abrió las cortinas, dejándose llevar por las notas que pasaban por su mente. Joseph fue criado por un gran pianista, pero pese a no tener talento tocando siempre le quedó la costumbre de ver las partituras jugar por sus ojos siguiendo la música que mil veces había disfrutado. Era algo mágico, lo único que tenía para poder sentir que de alguna forma se expresaba.
Llevaba sólo unos jeans oscuros y su torso descubierto denotaba que no era ningún vago. Se fue a la cocina, comenzó a preparar algo para desayunar, cuando siente que su celular suena. Lo más extraño es que no encontraba a dónde lo había dejado. La voz de un rubio pasado de sueño se escucha desde su habitación.
— ¡¡Joe!! ¡Te llaman desde tu casa! —gritó el ruso a la par que corría a alcanzarle el teléfono.
— ¡Dame eso Anthony! —dijo algo nervioso que le atendiera, pero estaría semi dormido de seguro. Comenzó a hablar y en un momento le dice por lo bajo a su compañero— ¿Puedes terminar el desayuno?, dejé la sartén en el fuego.
— Claro, habla tranquilo. —le dice con los labios y se va a la cocina.
El rubio se fue a terminar, cuando estuvo todo listo por fin volvió a ver a su amigo asomarse, aunque se cara denotaba cierta duda. Y eso en alguien tan poco desmostrativo como él era de extrañar.
— ¿Está todo bien Joe?
— Si, sólo era la enfermera que cuidad de papá, tu sabes algunas cosas y eso...—hace un leve silencio, come sus huevos y luego le dice a Anthy sin disimular nada— ¿Has llamado a Nora últimamente?
— Si, está bien, pero creo que debería ir a visitarla este fin de semana. —hizo una breve pausa— ¿Quieres venir conmigo? Ya de paso podrías estar en tu casa, podemos ir a tomar algo y tu sabes. Hace tiempo no vamos juntos.
— Si, creo que iré. Pero ni pienses que iremos en autobus, sacaré el auto de mi padre del estacionamiento. —dice serio.
— Mejor, siempre...
— Te mareas en viajes largos, lo sé. Por eso será más cómodo.
Anthy sonrió por lo bajo, pensando, que se estaba preocupando por él. Aunque sea una vez parecía que lo haría. Terminaron de desayunar, se vistieron y salieron sin decirse nada.
Se habían confundido de remera y al llegar a la universidad no se habían dado cuenta.
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Se veía la figura de una niña corriendo de un lado al otro de su cuarto buscando ropa limpia que ponerse. Se le había hecho tarde de nuevo, la echarían si seguía así. No tenía tiempo de preocuparse por Anthy y su continua ausencia, pero si era molesto ya que ella se había quedado hasta tarde esperándolo, a veces llegaba a ponerse seria al pensar que quizás debía dejar de preocuparse por él. Iba al ritmo desaforada mientras gritaba y maldecía a los cuatro vientos.
Llegó a ponerse un vestido fucsia, dos media de un color similar y un sombrero con orejas de oso. Salió furiosa golpeando la puerta, volvió a entrar a buscar su mochila del olvido y se bajó de un solo golpe por el barandal de la escalera. Se cruzó al portero que la miraba cubriéndose con su escoba mientras la saludaba sin esperar repuesta.
— Maldito Anthony. —llegó a decir mientras corría por la calles con un aura tan fuerte que la gente se quitaba de su camino.
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Era su día libre, no haría nada, nada, nada, más que estar en esa cama tan cómoda y tan llena del olor de él. De pronto un leve melodía llega ella, siente unos brazos tomarla desprevenida.
— Vamos, levántate, quiero que salgamos antes que tenga que irme.
— Es mi día libre, déjame dormir un poco más. —le pidió con una sonrisa.
— Hooo hooo hooo hooooooo...—le tarareaba en su oído mientras la levantaba con él.
— Zed, eres tan...tan...molest—decía aún inconsciente cuando siente como la levanta y casi caen al suelo— ¡Ten cuidado! ¡Vamos a romper algo! —dijo riendo.
— ¡Rompamos todo! —su ánimo matutino le sorprendía a la hindú, comenzó a mecerla en sus brazos al ritmo de la suave voz de Jones.
— No me gusta bailar.
— Y a mi me encanta.
— Sunrise...
— Sunrise...
Siguieron así hasta que el inglés se cansó, se vistieron y salieron a desayunar afuera. La verdad parecía un día muy lindo, aunque las nubes grises y los relámpagos estuvieran por doquier, para la joven pareja todo estaba de color rosa. Eso es lo que los enamorados ignoran, por la hormonas o los sentimientos, que su mente deja de ser racional y las preocupaciones se alejan tanto...que suelen olvidarse sin querer.
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Iba caminando con su campera estilo militar, cubierta con una capucha iba pensando cabizbaja, no escuchaba nada más que su música. Iba por un camino de piedras, no veía a la calle más que para cruzar entre cuadras, le daba miedo pensar que estaba afuera. Agorafobia no era un buen término, porque técnicamente estaba afuera y no estaba en un ataque de pánico. Aunque estaba cerca.
Sacó un cigarro, hacía tiempo no fumada pero daba la ocasión un vicio ligero no le haría mal. Había estado caminando toda la noche, en parte por su manía de vencer los obstáculos y temores sola, y por otro lado su insistente sentimiento de enojo relativamente nuevo. No quería admitir sus celos, le parecía demasiado infantil para alguien de su edad, en realidad siempre se juntaba con gente más chica que ella y eso le hacía pensar que era inmadura. Pese a que una cosa no debe modificar en otra, los pensamientos en su cabeza se rebuscaban una y otra vez con tanta fuerza mas preguntas innecesarias que se quedó congelada en medio de la calle sin notarlo. Una motocicleta, similar a la suya estaba a punto de pasarla por delante cuando frena de forma tan abrupta que Simón pega un pequeño salto por el cual termina en el suelo. Levanta la vista, una mano le era ofrecida como un regalo, la tomó con confianza.
— Disculpe, es mi culpa, no me...—sostuvo la mano, el anillo en ella, levantó la mirada y cayéndose su capucha se reconocieron.
— No existen las casualidades ¿no? —sonrió con su picardía natural— Ven, estás tan volada que será mejor que me asegure que llegues bien a casa.
— Fiamma. —llegó a musitar antes de que sus mejillas se tornaran rojas y soltara aquella mano tan femenil con vergüenza de sí.
— Ya Simy, no hay problema, tienes suerte que haya sido yo y no otro quien te haya cruzado. Tomemos algo, no te intimides como siempre. —la tomó un segundo del mentón para verla mejor, su mirada era tan intensa como el fuego y la argentina sólo podía bajar mirada con ilusiones falsas.— ¿Por qué andas caminando?
— Salí a caminar anoche, para despejarme y aún no he tenido ganas de regresar.
— Estás loca, bien, quieras o no te llevaré así que deja de hacerme perder tiempo y sube.
Se fueron juntas, dos conocidas de tiempo y algo más.
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¿Por qué no contestaba? ¿Por qué no lo llamaba?
Anthy llegó a casa, en su camino esas dos preguntas estaban tan repetidas en su interior que comenzaba a dudar de quién era la voz que las evocaba. Entró a su departamento lleno de papeles, tarea atrasada que no podía esperar más. Pero una sorpresa lo aguardaba adentro. Al mejor estilo de película, Stay lo miraba con cara de asesina mientras jugaba con la luz del velador junto al sillón donde estaba sentada.
— ¿Todo bien Stacey? —preguntó sin darse cuenta de nada.
— Si Anthony, todo bien. —era inútil fingir en ella, sólo era falsa.
— ¿Anthony? —dijo alzando el rostro sobre su trabajo y al verla sólo esbozó una sonrisa nerviosa— ¿Qué hice?
— Nada.
— Yo no creo que nada. —dejó las cosas en la mesita de la cocina y fue con ella, se sentó a su lado— ¿Es por lo de ayer verdad?
— Debería vivir solo, al menos así preocuparías menos gente. —se levanta enojada y triste de tener que decirle eso, no le gustaba pelear. Se encerró en su cuarto y puso música a todo volumen para no escucharlo más. Estaba harta de sus excusas.
El ruso suspiró por lo bajo, estaba perdiendo el control, pasó sus manos por su rostro para que no lo atrapara el sueño y se levantó. Sería mejor terminar con el trabajo primero y arreglar las cosas después.
Mientras en su cuarto, mientras dibujaba historias de gente asesina (cosa usual en ella para expresar sus emociones de instinto violento), la pequeña pelirroja susurró:
— I'll go crazy...if I don't go crazy tonight........—pequeño silencio, una cuerda sobre un cuello de mina de carbón— ... idiot...
Estaba enojada, demasiado y debía liberar toda esa energía o terminaría peor. Se cambió, se ató una cola en su incorregible cabello, tomó un bolso metió algunas cosas. Salió de su cuarto, en plena furia a escapar de sí misma. Su compañero la llegó a mirar antes de que saliese y se le acercó obstruyéndole el camino.
— ¿¡A dónde te crees que vas a esta hora?! Y un día de semana, Stay no...
— ¿No qué? —dijo alzando sus cejas desafiante— Si tu haces lo que quieres, distorsionas las reglas y todo siempre esta "bien" ¿por qué no puedo hacerlo eh?
— Vamos no te alteres así, no quise pero estaba muy ocupado y...
— ¡¡Llamé a Simón y nadie contestó!! —saltó fúrica sorprendida, le estaba mintiendo y lo hacía demasiado bien a su gusto.
El rubio se quedó callado, no había contado con avisarle a Simón y era raro que no estuviera con el celular encima. Al notar la lágrimas fáciles de la joven no supo que decir, lo último de lo cual tuvo conciencia fue de un portazo fuerte y que hizo eco en todo su cuerpo por horas.
Entonces la voz en su cabeza repitió...
¿Por qué no contestaba? ¿Por qué no lo llamaba?
Algo se quebró en su interior, algo murió, un leve vacío. Nadie lo notaría, sólo una persona lo sabía...sólo una persona estaba tan rota como él en esos tiempos.
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— ¡¡Maldito imbécil impotente deficiente y tonto hombre abre la maldita puerta!!
— ¿A qué debo estos cumplidos de media noche? —pregunta pegado a la puerta con cara calma pero con un miedo interior bastante grande.
— Deja de hacer el idiota, ¿qué pasó con Anthy en su casa?
— ¿De qué hablas? En serio Sim, no sé de qué hablas y no pienso abrir hasta que te expliques.
— Stayce lo dejó solo y volvió a su casa en Essex. —se explicó cuando al sentir la traba de la puerta abrirse, al ver un pequeño espacio se metió y comenzó a mirar al pobre inglés con cara de asesina serial.
— Te juro, por mi padre, que no tengo idea de qué paso. No fue mi culpa seguro.
Lo miró tan fijamente que Joe cambió su expresión neutra a miedo pero no dejaba ver mentira alguna, porque no la había. La joven se convenció de ello y dejó de presionar. Se dirigió a la cocina de él, se sentó. Suspiró y dijo:
— Se han excedido Joseph, tanto tu como Anthony.
— ¿A qué te refieres? —preguntó mientras se sentaba frente a ella más calmo pero con la duda de lo que le había contado. La pequeña pelirroja parecía llevarse bien con Anthy, o eso le decía todo el mundo.
— Stayce es responsabilidad de Anthony, ¿sabes?. Ella siempre soporta que se vaya sin decir dónde o por cuento tiempo, pero las personas nos cansamos del misterio...y creo que ella se cansó.
— ¿Cómo está él?
— No me estás escuchando, maldito imbécil. —murmura y ya más altiva intenta hacerlo entender— Joe, ¿no te sentiría solo o abandonado si Anthy te dejara de lado continuamente?
— Si. —iba tomando forma.
— Bien, yo sé, te lo aseguro, que Stayce lo ama como un hermano. A veces, o quizás sin saberlo, lastimas a las personas con tu egoísmo. Porque dejarla sola de noche, escaparse para encontrarse contigo, guardarle secretos de ese tipo...debe sentirse muy mal...y ante eso cualquier huiría.
— Tu nunca has hecho eso...siempre luchas hasta que lo ves inútil, te destruyes en el camino. —dijo serio pensando.
Pasaron unos minutos, Joe prendió un cigarro y se desquitó con él. Cuando iba por el tercero Simón se lo arrebató y terminándolo tomó su bolso y se dirigió a la puerta. Antes de cerrarla le dejaría una pregunta:
— Él está muy triste, la quiere mucho y lo mantenía conectado en muchas cosas...Joseph...piensa...¿se merece tanto sufrimiento por ti? —cerró la puerta pensando, ya no podría retirar lo que había dicho.
El inglés miraba por la ventana de su cocina, en dos días viajaría con Anthy, debía estar bien ya que él mismo propuso el viaje. Esperaba que él lo dejara pero sabía que eso no pasaría. No entendía, en realidad, no quería admitir que era en parte su culpa lo que pasó con la pelirroja. Comprendía a la perfección la relación que llevaba su amigo con ella, aunque su propia relación jamás tuvo definición.
El tiempo pasaba lentamente por su reloj, sus reflexiones lo llevó a buscar un paquete más de cigarrillos.
— No quiero lastimarlo y lo hago, no quiero que me complique la vida pero yo se la complico a él. No quiero que deje nada por mi y sin embargo....siempre que lo necesito deja todo. Cada vez que lo llamo, como si fuera un maldito idiota acepta mis propuestas....creo que lo odio...¿¡por qué debe ser tan bueno conmigo?! —apretó con furia su puño— Porque está enamorado de mi. —se respondió con pesadez.
Siguió caminando hasta llegar al departamento de él. Sabía que en cuanto cruzara la puerta, lo viera, no podría resistirse. Jamás lo diría, jamás sería tan valiente, seguiría jugando con él esperando que se cansase y lo dejara. Cada vez dudaba más que eso ocurriera, preguntándose quién era el tonto. Desde que tenía memoria siempre había querido a Anthy, como amigo, como compañero, como muchas cosas...¿desde cuando le dejó de importarte su bien?¿desde cuando lo había comenzado a someter de esa forma?
— No quiero ser así. —apoyó una de sus manos sobre la puerta y la miró con tristeza en duda si tocar o no. Porque él...— Yo te necesito Anthy.
Dijo y cerró sus ojos con tristeza, no sabía cómo ser lo mejor para él, no sabía como decirle lo que sentía, no sabía cómo evitar convertirse en un ser tan despreciable para él. Le daba vergüenza, lástima, era patético. Pensó en hacerlo una vez más, terminar con él y alejarse...¿sería lo mejor? Quizás Anthy no lo necesitaba tanto como creía, era el más fuerte de los dos, al menos eso pensaba Joseph. Una voz en su cabeza susurró.
¿Estás enamorado de él? ¿Podría intentar ser mejor por él?
Dio un golpe involuntario a la puerta, abrió los ojos con enojo, la única respuesta era la que más le dolía...
— No puedo.
Entonces la puerta frente de él se abre y el rostro de la persona que tanto acosaba sus pensamientos apareció. Le sonrió como siempre, a pesar que por sus ojeras seguramente habría estado muy cansado y triste para hacerlo. Joe estuvo a punto de quebrarse cuando su orgullo lo envolvió y sólo atinó a preguntarle.
— ¿Cómo estás?
— Bien, ¿qué haces por aquí? —lo invitó a pasar.
— Nada, no sé, busco excusas para verte.
— Oh, bien, quédate entonces. —en sus ojos aparecía esa pequeña esperanza.
— Como quieras.
Lo odiaba por hacer eso, no podía, ser tan fuerte sólo por él. Le costaba creer que fuera humano con esa actitud tan cambiante. Debería estar confuso, sufriendo, pensando en cómo recuperar a Stayce y en su lugar sólo lo invitaba sin siquiera contarle de sus problemas. A veces creía que no le tenía confianza. En realidad, Anthy tampoco quería mostrar sus debilidades, más frente a él porque sólo quería cuidarlo.
Estuvieron un rato sin hacer mucho, cuando harto de la trivial conversación Joe se levanto alterado por la ira, sorprendiendo al rubio, lo tomó de la camiseta y le preguntó.
— ¿Por qué demonios estás tan bien? —dijo mientras sus manos temblaban.
— Tranquilo Joe, por favor, no...no...—se quedó mudo de miedo.
— ¿Por qué actúas como si todo estuviera bien? ¿Por qué nunca estás triste? ¿Por qué demonios no sales de mi cabeza? —se dio cuenta de lo último muy tarde, cuando al ver lo rojo que estaba Anthy frente a unas simples palabras no resistió y buscó algo de él.
Tan cual lo tenía sostenido acercó su rostro y lo besó ferozmente, no sabía como más, de no ser evocando la furia, podía hacer salir sus sentimientos para que él los viera. Era tan inocente, y él estaba tan perdido; que ante el miedo de perder su lazo, lo había convertido en una cadena. Una cadena que podía terminar con ambos, a menos que hiciera algo y sólo faltaba una cosa para que se decidiera...
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